Nota: 60

Estamos de acuerdo que una buena parte de la cinematografía estadounidense vende su modo de vida, ese célebre “american way of life” con su “american dream”, donde cada persona puede perseguir su sueño hasta alcanzarlo. Y no solo nos lo cuenta el cine en sus películas sino en esas aparatosas entregas de premios donde “luchadores incansables de la justicia y los desfavorecidos” nos loan sus carreras y animan a ser como ellos, con sus caros vestidos, sus mansiones y esa pátina de prestigio que otorga el triunfo en la vida. Aunque de vez en cuando llegue el reverso oscuro del oropel americano. Cine más comprometido que narra duras historias de esos apartados por la sociedad, esa gente que nunca va a conseguir nada relevante en la vida, más que miseria, delincuencia y muerte.

“White boy Rick” se sitúa en medio de estas dos propuestas. Por un lado todo es deprimente; un Detroit de mediados de los ochenta, en uno de esos suburbios dominados por las drogas y los crímenes. Ahí vive un padre de familia con sus dos hijos. Un hombre que malvive tras el abandono de su mujer, con una hija mayor drogadicta y uno adolescente que le admira aunque su trabajo sea vender armas de diversos calibres más o menos legalmente. El joven, busca el dinero fácil, esa idea de triunfo económico, primero con el contrabando de armas a los “camellos negros” y, tras un acuerdo con el FBI, traficando con “crack” y sirviendo de “topo” entre esos tipos que cumplen todos los estereotipos, con sus estrafalarias ropas con abrigos de pieles, sus espectaculares fiestas derrochando dinero y sus cadenas de oro de grandes dimensiones. Una “basura blanca” en un mundo de negros.

Su realizador  Yann Demange, cuyo trabajo más destacado había sido la genial miniserie inglesa “Dead set”, dirige con brío y un sentido del ritmo admirable y las casi dos horas se nos antojan cortas, pues nos quedamos con ganas de mucho más, recordándonos a Scorsese en muchas de las secuencias pero cruzándolo con el cine ochentero de Spike Lee o John Singleton (incluso la fotografía de Tat Radcliffe recuerda a esa época). Y eso es de valorar, junto a una notable banda sonora de Max Richter. El problema reside en que es imposible sintetizar una historia tan compleja, con tantas aristas y matices en ese tiempo, dando la impresión que eso solo está al alcance del responsable de “Uno de los nuestros” o “Casino” (que además es mucho más larga) y el guion acaba por no definir muchas situaciones y más de un secundario. Amaga pero no golpea. Lo que se cuenta resulta demasiado esquemático y eso hace que toda la parte final pierda grandeza, que en este caso es indignación (aunque no desvelaremos por qué)

Actores sobresalientes encabezados por el joven Richie Merrit (en su primer papel en el cine) junto a un Matthew Mc Conaughey que cada vez elige mejor sus papeles y veteranos como Jennifer Jason Leigh, Piper Laurie o Bruce Dern. Entre todos consiguen un largometraje interesante, con buenas ideas pero que se pierde al no ser más ambicioso. Justo lo contrario al “american dream” que se une a una anécdota que contaba un diseñador de zapatos (creo) sobre su primera experiencia en Estados Unidos, al conseguir un empleo en un almacén vaciando camiones. Allí observó el primer día como los trabajadores eran fornidos hombres frente a su complexión física normal, llegando a la conclusión que hasta para eso buscaban los mejores y más preparados. En el tema de los negocios ilícitos suele pasar lo mismo; los más atrevidos y rudos suelen conseguir dinero rápido y fácil, las mejores mujeres y el respeto, perdiendo todo en un ajuste de cuentas o con la prisión, llegando otro y siguiendo ese ciclo donde el último en caer suele ser el más poderoso.

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