Os adelanto a hoy la sexta entrega del  Canto a mí mismo de Walt Whitman. En el que el poeta sigue asombrando con su capacidad descriptiva de la ciudad donde vive y de sus costumbres. Él mismo es una cámara que va filmando la realidad a su paso, plasmándola magistralmente en el papel después, al estilo poético del verso libre, como le gustaban a él las cosas, sin límites innecesarios. Quizá la poesía necesitaba respirar y expandirse fuera de las obligadas rimas impuestas hasta la época.

 

CANTO A MI MISMO – WALT WHITMAN

 

 

The beards of the young men glistened with wet, it ran from their long hair, 
Little streams passed all over their bodies. 

An unseen hand also passed over their bodies, 
It descended tremblingly from their temples and ribs. 

The young men float on their backs, their white bellies swell to the sun . . . . they do not ask who seizes fast to them, 
They do not know who puffs and declines with pendant and bending arch, 
They do not think whom they souse with spray. 

The butcher-boy puts off his killing-clothes, or sharpens his knife at the stall in the market, 
I loiter enjoying his repartee and his shuffle and breakdown. 

Blacksmiths with grimed and hairy chests environ the anvil, 
Each has his main-sledge . . . . they are all out . . . . there is a great heat in the fire. 

From the cinder-strewed threshold I follow their movements, 
The lithe sheer of their waists plays even with their massive arms, 
Overhand the hammers roll — overhand so slow — overhand so sure, 
They do not hasten, each man hits in his place. 

The negro holds firmly the reins of his four horses . . . . the block swags underneath on its tied-over chain, 
The negro that drives the huge dray of the stoneyard . . . . steady and tall he stands poised on one leg on the stringpiece, 
His blue shirt exposes his ample neck and breast and loosens over his hipband…

 

♦    ♦    ♦

 

La barba de los muchachos brillaba por la humedad, se derramaba por su largo cabello,
arroyuelos recorrían sus cuerpos.

Una invisible mano también pasaba por sus cuerpos,
descendía temblorosamente por sus sienes y costillas.

Los muchachos flotan de espaldas, sus blancas barrigas henchidas al sol…. no preguntan cuál de ellas crece más rápido
No saben quién jadea y rehusa por su combada y colgante curvatura.
No piensan que se bañan con espuma.

 

El aprendiz de carnicero se quita la ropa de matar, mejor dicho, afila su cuchillo en el puesto del mercado,
yo merodeo disfrutando de sus ocurrencias, su arrastrar los pies y su romper a llorar.

Herreros con sucios y peludos pechos rodean el yunque,
cada uno tiene su martillo….todos están fuera …. hace mucho calor en el fuego.

Desde el umbral cubierto de cenizas sigo sus movimientos,
lo ágil y fino de sus cinturas contrasta con sus macizos brazos,
de arriba a abajo los martillos retumban…. por arriba tan lentos…tan infalibles,
no tienen prisa, cada hombre golpea en su sitio.

El negro mantiene firmemente las riendas de sus cuatro caballos….el cierre se menea debajo de su tensa cadena
El negro que conduce la enorme carreta de la cantera…. quieto y erguido se mantiene suspendido con una pierna en el pescante,
su camiseta azul deja al descubierto su ancho cuello y pecho, y se suelta por encima de su cinturón, …

 

 

Walt Whitman
Leaves of Grass (1855)
Traducido del Electronic Text Center, University of Virginia Library

 

 

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