Uno debería estar curado de espanto en cuanto a las formas de enfocar un evento musical en vivo, pero gracias a Dios, el ser humano es impredecible. Ryan Adams revisita en un tour el disco que le abrió las puertas al panteón de dioses de la americana o la canción del autor. Sólo (más o menos) trata de explicar mucho de la creación del mismo, y, básicamente desnuda el mismo, y teniendo en cuenta esto, su puesta en escena es acorde.
Como si uno estuviera asistiendo a una tutoría universitaria de esas de Oxford, Standford o Harvard bajo la íntima luz de unas lámparas de pie. El autor vestido cual profesor sapientín, nos va a contando su poemario sonoro mientras toma sin cesar su taza de café. Unos días, la charla puede ser eterna y pesada, y, otros, se hace más llevadera, pues depende de la locuacidad del maestro.
Es rara esa presentación escénica, pero es la que Ryan ha escogido. En esta ocasión la narración, más o menos fue de una duración correcta, sus excentricidades relativamente perdonables (las manías con los flashes de los teléfonos y parones para todo tipo de peticiones fueron constantes, pero de tiempo relativamente corto) más la presencia de un asistente de cámara constante.
Todo muy British Style. Por tanto, están advertidos, llévense consigo un amiguete que controle inglés y ármense de paciencia, lo que van a ver no es usual, aunque no es la primera vez, así, a bote pronto, el Sr Ray Davies también contó su vida en escena de forma algo similar, aunque menos intimista.
La primera parte del set es el disco Heartbreaker al completo. Canciones ofrecidas de manera desnuda casi en su totalidad, donde brillaron gracias a la excelentísima acústica del local y la voz de Adams con sus agudos y llantos. Momentos al piano excelsos y sólo una descarga eléctrica a lo Neil Young para romper el ambiente.
Tras un descanso de los de antiguo ambigú, (una media hora, lo cual un servidor agradece por cuestiones prostáticas), el profesor Adams, tras su lección, entra en la fase de charla menos erudita, y repasa parte de su obra para ver cómo andamos de memoria y así ofrecernos un poco de ese copón de añejo cognac.
Empieza la segunda parte con Shame Shame Shame, un viejo blues de Jimmy Reed que es una notable conexión con lo ofrecido en la primera parte. Más presentes con una elección un tanto peculiar ya que la base del set lo conforman dos discos, Demolition (Desire y Dear Chicago) y el Prisioner con otras dos (Prisioner y Shiver and Shake), eso sí, impecable en su interpretación, mejorando la original y siguiendo con rarezas como Alien Usa, del Devolver, que, salvo error, poco o nada aparece por sus directos.
En el apartado de versiones que suele frecuentar, un I’m Waiting For The Man de la Velvet en plan canónico: larguísima, espesa, eléctrica, perturbadora, dramática y ruidosa. Obvio que llevaría el beneplácito del Sr Reed. Y, por último, la joya del evento, un Not Dark Yet de Dylan al piano inconmensurable y preciosamente nocturno.
Termina la charla de salón como si sólo quedase rematar el puro con dos de sus temas más celebrados, When The Stars Go Blue, del Gold, y, el que faltaba del Heartbreaker, Come Pick Me Up. Despedida en plan magister saludando cual honoris causa y hasta otra.
En resumen, una reunión en la intimidad con un magisterio tan excéntrico como genial. Ahora bien, crucen los dedos para que sea más de lo segundo, como entiendo sucedió en esta ocasión.
Yo fui sin el amigo que supiera inglés, y me sentía perdida. No tenía ni idea de qué hablaba tanto. ¿Por qué se tumbó en el suelo, se estaba quejando de las luces?
Tienes razón y eso que creo que no fue el concierto donde más se dedico a dar la chapa . Son de esos conciertos de una vez en la vida