Cada cual sufre en un ángulo diferente creyendo que solo el suyo es cierto; estableciéndose una justicia discordante que se propaga como un dominó. Algunos comprenden en trescientos sesenta grados, lo que les hace estar en silencio ante el desajuste de esos juicios. ¿Por qué ese silencio comprensivo?
Otros intuyen lo que sucede pero no lo ven porque carecen de ese bien individual que escasea de manera general, que es la empatía.
Todos luchamos por nosotros, por los nuestros, pero mezclamos los motivos de nuestro ángulo parcial con las razones invisibles de los demás, y en esa lucha tensionada se nos va la vida.
Luchamos en medio del ruido con ruido para que no haya ruido, lo que provoca más ruido y un silencio envilecido que nos deja aislados y confusos hasta la maldición, reordenando las piezas de nuestro puzle para persistir sin perder el centro.
Que surja esa ecuanimidad que nos haga comprender el presente depende de la empatía compartida; de evidenciar lo que sucede sin que te lo cuenten. De ponerse en el lugar del otro no solo de oído, sino con el corazón.




















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