
1974 fue el año en el
Francis Ford Coppola estrenó
El padrino II, uno de los pocos casos en los que la secuela iguala (si no supera) al original. Pero Coppola tuvo tiempo en ese año de estrenar también otro film no menos fascinante aunque por motivos muy distintos:
La conversación. Tanto El Padrino II como La conversación fueron nominados a los Oscars de mejor guión y mejor película. Todo un logro de un genio del cine que estaba en todo su apogeo.
La conversación era un film barato y aparentemente simple cuyo guión se le ocurrió a Coppola en 1969. Así pues, La conversación no se inspiraba en el caso Watergate que había estallado en 1973 y acabó provocando la caída del presidente Nixon, pero sí se benefició del escándalo de las escuchas. Estados Unidos estaba sumido en un estado de paranoia nunca visto. Con las nuevas tecnologías cualquier conversación podía ser grabada y usada en su contra. El gran hermano de Orwell finalmente se hizo realidad. Es más, toda la vida pública y privada podía ser puesta en tela de juicio como ya demostró la caza de brujas del senador McCarthy en los años 50 en la que muchos profesionales de Hollywood fueron vetados acusados de comunistas. Un testimonio acusador o una grabación eran suficientes para acabar con la carrera del profesional más respetado.
La conversación tiene un evidente paralelismo con Blow up (un film pretencioso y aburrido como pocos) del no menos pomposo y aburrido Michelangelo Antonioni. Si en Blow up un fotógrafo creen encontrar casualmente en una foto la prueba de un asesinato y se obsesiona con dicha imagen realizando innumerables ampliaciones, en La conversación el protagonista se obsesiona con una conversación. Dicho sea de paso, La conversación me parece muy superior (y mucho menos aburrida) que Blow up.
El granGene Hackman interpretó magistralmente a Harry Caul, un técnico de sonido que se dedica a grabar clandestinamente conversaciones por encargo. Harry es un gran profesional que nunca se ha preocupado por el uso que sus clientes dan a sus grabaciones. Harry es un tipo solitario, desconfiado y obsesionado con su privacidad, de hecho no le da a nadie su número de teléfono. Harry sabe que cualquier conversación puede grabarse y ha convertido su apartamento en prácticamente un búnker. Lleva una vida solitaria rodeado de discos de Jazz y su única forma de combatir la soledad parecer ser tocar el saxo en su apartamento. Por si fuera poco, Harry arrastra un fuerte sentimiento de culpa que quizás sea acrecentado por su catolicismo (le pide a un compañero que no use el nombre de Dios en vano y hace uso del sacramento de la confesión). Como vemos, una vez más la religión juega un papel importante en un film de Coppola.
Un día Harry escucha una conversación aparentemente banal de una pareja que podría interpretarse como indicio de un intento de asesinato. Pero todo es muy ambiguo. No hay certeza ninguna. Pero Harry aparca su egoísmo y decide tomar partido por lo que él cree oír en la cinta. Tiene fe en lo cree haber oído y aún más importante, parece tener todavía algo de fe en el ser humano. Por primera vez se preocupa por alguien que no sea él mismo y por las consecuencias de lo que ha grabado. Harry deja de lado su profesionalidad y se implica emocionalmente, obsesionándose con la cinta mientras empieza a creer que a él también le están escuchando. Una inocente grabación de un colega con un bolígrafo desencadena una tormenta en Harry, pasa de cazador a cazado. Esa intromisión en su privacidad le parece intolerable a pesar de que él se dedica a ello. Todo su mundo se desmorona al pensar que su apartamento ya no es un lugar seguro. Harry se podría interpretar como el americano medio que descubre que todo en lo que creía era falso: desde su gobierno o la sensación de seguridad. Tras la explosión hippie de los años 60, los 70 fueron un duro mazazo de realidad. Quizás nadie haya plasmado este cambio de forma tan cruda como Coppola.

La enfermiza obsesión del protagonista traspasa la pantalla y se contagia irremediablemente al espectador. Coppola consigue un gran impacto en las escenas de un solitario Gene Hackman destrozando literalmente su apartamento en busca de un micrófono que nunca llega a encontrar. La creciente frustración del personaje por no encontrar lo que busca produce en el espectador un terrible desasosiego.
Coppola introduce sabiamente al final del film no pocas ironías (Harry es católico pero destroza una imagen de la Virgen, es un buen profesional pero no puede encontrar el micrófono de su apartamento, las personas que quería salvar no son lo que él pensaba) todo ello produce una gran frustración en el personaje. Harry debe aceptar su desgraciado destino, una constante en el cine de Coppola.
La conversación tiene un ritmo pausado que no llega a hacerse aburrido pero puede estar a punto de hacerlo para muchos espectadores. Como hizo con El padrino II, Coppola se toma su tiempo y se recrea en los detalles. Esto no es Transformers, amigos. Esta historia está llena de matices y significados diseminados por toda la trama por la mano maestra de Coppola y que bien merecen el tiempo empleado en ella.
Si Gene Hackman está fantástico, lo mismo se puede decir del resto del elenco. Tanto John Cazale como Robert Duvall están perfectos aquí como en El Padrino II. También cabe destacar la aparición de un tal Harrison Ford.
Una reflexión para terminar. Vi por primera vez La conversación en Sábado Cine hace un millón de años. Joder, hubo un tiempo en el que se emitía buen cine en televisión. Incluso hubo un tiempo en el que Coppola hacía buen cine.
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