Con solo tres películas, el irlandés Lee Cronin ha conseguido posicionarse como uno de los estandartes del cine de terror actual. Tanto es así que hasta esta libérrima versión de La momia puede firmarla con su nombre en el título.

Y decimos lo de “libre” porque el largometraje nada tiene que ver con éxitos recientes como la versión protagonizada por Brendan Fraser o la más discreta con Tom Cruise. Tampoco guarda similitudes con la clásica de los años treinta ni con las epopeyas exploitation italianas como El despertar de la momia. El referente más cercano sería su anterior trabajo, Posesión infernal: el despertar, ya que en ambas la acción se desarrolla en el interior de una vivienda, donde sus moradores son acosados por una entidad diabólica que alterna momentos de humor macabro con muertes de marcado tono gore. De hecho, los crímenes son especialmente horrendos: uno mediante un enganche por el cuello y otro en el que, tras una caída, la víctima es devorada por coyotes en vida.
Lee Cronin demuestra su pericia como director al crear un filme de casi dos horas y cuarto -una duración considerable para el género- que no llega a aburrir y en el que los asesinatos, aunque efectistas, quedan supeditados al guion. La historia gira en torno a una familia que pierde a su hija en Egipto y es incapaz de superar el duelo tras regresar a su Albuquerque natal, viviendo prácticamente enterrada en vida. Cuando la hija reaparece, todo parece mejorar, pero pronto se revela convertida en una entidad maléfica que intenta acabar con sus padres y sus dos hermanos.
Se perciben ecos de horrores modernos como Sinister o la mencionada Posesión infernal: el despertar, junto a clásicos como Terror en Amityville o el cine de Sam Reimi y James Wan – además productor de la obra-. Todo ello se combina con una puesta en escena brillante, rítmica y llena de planos sugerentes, con abundancia de dobles focos al estilo de Brian De Palma. Además, Cronin sigue utilizando la infancia como elemento de vulnerabilidad y fuente de terror, una constante en su filmografía: tanto en su ópera prima, Bosque maldito, como en Posesión infernal: el despertar, los niños desempeñaban un papel fundamental.
En el reparto, la pareja protagonista funciona con solidez: tanto Jack Reynor -a quien ya vimos sufrir en Midsommar, de Ari Aster- como la española Laia Costa -inolvidable en Cinco lobitos, de Alauda Ruiz de Azúa- cumplen como los atormentados progenitores de un elenco infantil formado por la endemoniada Natalie Grace, Shylo Molina y Billie Roy. Como contrapunto exótico, también destacan May Elghety y May Calamawy.
La momia de Lee Cronin es, en definitiva, un ejemplo de cómo construir un terror de altura basándose más en el guion -del propio Cronin- que en unos efectos que quedan subordinados a la historia.
















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