Veinte años han pasado desde que se filmó “El diablo se viste de Prada”, una obra muy de su tiempo que unía la comedia y el glamuroso mundo de la moda neoyorquina. Menos frívola que “Sexo en Nueva York” pero también destacada por su sarcasmo e ironía. Más teniendo un personaje tan vil como el de Meryl Streep, remedo de la célebre editora de Vogue Anna Wintour.

Pues contradiciendo al tango de Gardel, el tiempo si ha cambiado esta secuela y se ha adaptado a esta nueva era aunque mantiene el espíritu, los diálogos son buenos y el reparto magnífico. A buen seguro debido al guion de Aline Brosh Mc Kenna que repite su buen hacer al “libreto” aunque con diferencias al original pues las situaciones son más naif, Andy, en algunos momentos, parece más un émulo de “Emily en París” (serie de corte similar y que ha podido servir de inspiración) que una periodista de investigación e intentan redimir a la horrible Miranda para convertirla en alguien con sentimientos, incluso risible (ejemplos son las secuencias intentando colgar su abrigo o el viaje en avión en clase turista). Aun con todo, funciona a la perfección, sobre todo en las réplicas más ácidas y a buen seguro convencerá al público objetivo de la película.
Vuelve a dirigir David Frankel, autor cuyo mayor éxito fue la primera parte y que con esta intenta reeditar el bombazo en taquilla, dentro de una trayectoria irregular donde ha compatibilizado el cine con la televisión. Su puesta en escena es ágil y la cinta posee ritmo, por lo que sus cerca de dos horas pasan rápido, alternando momentos más reposados con otros rápidos a modo de videoclip. Una fórmula que engancha, junto a los paisajes de Manhattan y Milán perfectamente retratados en la fotografía de Florian Ballhaus, lleno de vestuario y escenografía lujosa, con grandes firmas de moda como Dior, Valentino, Dolce & Gabbana o Valentino unido a secuencias de humor aunque con trasfondo dramático.
Otro de los aciertos ha sido conservar el cuarteto protagonista, otorgándole más minutos en pantalla a un genial Stanley Tucci a costa de una Emily Blunt que aun así demuestra su versatilidad como actriz aunque las estrellas de la función sean la risueña Anne Hathaway como contrapunto bondadoso a la inmensa Meryl Streep que si bien no es tan arpía como en la versión de 2006, sí alterna esa maldad que funciona como un metrónomo con alguna dosis de ternura (que todo sea dicho no termina de casar). Al elenco se suman en papeles secundarios y con nulo peso, salvo de servir de alivio romántico, Justin Theroux y Kenneth Branagh, o cómicos, Lady Gaga o Caleb Hearon.
Así que a pesar de los inviernos pasados, los responsables de “El diablo se viste de Prada 2” han logrado que su adaptación a estos años de “memoria calcinada” no desentone y, siguiendo el símil del mundo de la moda, que al vestido no se le noten demasiado las costuras. Un producto entretenido que gustará a sus numerosos destinatarios.
















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