En múltiples ocasiones hemos considerado a “Vivir” como la mejor película de Akira Kurosawa. Quizás una afirmación algo pretenciosa dentro de una filmografía jalonada con unas cuantas obras maestras del tamaño de “Los siete samuráis”, “Ran”, “Dersu Uzala”, “Trono de sangre” o “Rashomon” (por contar no sólo un ejemplo). Pero dentro de tan excelsa trayectoria “Ikiru” es un homenaje triste a las ganas de vivir. Una experiencia espectacular.

Por ello, una adaptación al inglés de tamaño clásico dirigida por un semi desconocido realizador sudafricano podría resultar un esperpento de dimensiones homéricas pues, en bastantes ocasiones, estos  ”remakes” de “tótems” del cine suelen acabar mal; podemos recordar el fallido “Sabrina” de Pollack.

Pero no es el caso pues “Living” es un “remake” más que digno, trasladando con fidelidad la obra original, trasladándola con respeto y cierta originalidad al Londres de los cincuenta pero, a la vez, con bastante fidelidad al texto de Kurosawa aunque aligerando el metraje pues de las casi dos horas y media de “Ikiru” se establece una duración de menos de hora y tres cuartos.

El genio que ha conseguido no “embarrancar” con este “libreto” es nada menos que Kazuo Ishiguro, premio Nobel de literatura y en el cine vinculado a James Ivory  pues se adaptó con éxito su novela “Lo que queda del día” (de lo mejor del responsable de “Una habitación con vistas” o “Regreso a Howard´s End”) y su debut como guionista fue en “La condesa rusa”. Pues el anglo- japonés es el encargado de unir y conectar ambas obras contando la historia de ese aburrido funcionario que tras recibir la terrible noticia de su próxima muerte por cáncer decide emprender una nueva existencia donde predomine la diversión. El problema es que todo ha sido tan rutinario y burocrático en su madurez que no sabe hacerlo. Durante el poco tiempo que le queda aprenderá, intentando dejar un pequeño legado en su trabajo y animando a unos jóvenes a que no se conviertan en el muerto en vida que ha sido su paso por el mundo.

Guion sublime, bien trasladado a la Inglaterra de los cincuenta, con esa gente que vive fuera y que trabaja en la capital, coge el tren por la mañana, trabaja (o hace que trabaja) de sol a sol y regresa a su anodina vida, con ocio basado en ir al cine una vez a la semana y esperar que los años pasen. Una mísera existencia que se refleja en su trabajo en obras públicas, basado en la burocracia, no asumir ninguna responsabilidad y dilatar los proyectos todo el tiempo posible. Frente a ello emerge la alegría de vivir, de disfrutar la vida y las pequeñas cosas, enmarcado en ese antológico final de las dos versiones sentado en el columpio infantil, como culmen de la satisfacción por haber hecho algo bien, donde nuestro funcionario se encuentra solo pero feliz mientras que el resto era la espantosa soledad de un viudo sin esperanza ni anhelos.

Además frente al magnífico guion de Ishiguro cumple a la perfección la dirección de Oliver Hermanus quien, sin duda, firma su mejor película con una puesta en escena sobria, muy británica (en el buen sentido de la palabra) y convincente. Quizás lo menos bueno sea la banda sonora de Emilie Levienaise- Farrouch, con predominio de piano y cuerda, que intenta crear una obra de orquestación clásica pero resulta algo pretenciosa, lejos de lo que, por ejemplo, creo Dario Marianelli en el “Orgullo y prejuicio” de Joe Wright.

Otro punto destacado en la antológica actuación de Bill Nighy, sencillamente portentoso y que lleva todo el peso protagonista, llevando a la perfección la dicotomía del personaje: el hombre mustio y el que quiere vivir. Él es el eje argumental donde se cimenta el edificio pero el resto del reparto está correcto destacando a los jóvenes Aimee Lou Wood y Tom Burke.

“Living” se convierte en una sorpresa que sin llegar al mítico largometraje de Kurosawa, sí consigue un resultado notable, más que digno, que emociona y nos hace replantearnos nuestra existencia con su alegato agridulce sobre disfrutar la vida.

Living

by: Jose Luis Diez

by: Jose Luis Diez

Cinéfilo y cinéfago, lector voraz, amante del rock y la ópera y ensayista y documentalista con escaso éxito que intenta exorcizar sus demonios interiores en su blog personal el curioso observador

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