Shawn Levy es un periodista norteamericano, crítico de cine en el periódico The Oregonian desde hace más de 20 años que, tras algún libro dedicado a Jerry Lewis o el Rat Pack, decidió abordar una biografía sobre uno de los iconos más grandes del cine estadounidense del siglo XX. La novedad y grandeza de este libro aparece al no contar con la colaboración del protagonista o la familia del mismo, sino con multitud de entrevistas realizadas a lo largo de su vida por los mismos o las personas que pasaron por su vida, dando una visión casi real e instantánea de lo que estamos leyendo.

Paul Leonard Newman nació un 26 de enero de 1925 en Shaker Hieghts (Ohio) y murió a los 83 años, un 26 de septiembre de 2008 en Westport (Connecticut) a causa de un cáncer de pulmón. Durante esos 83 años y las más de 500 páginas del libro vamos a descubrir a un hombre que va mucho más allá de esos hipnotizadores y deseados ojos azules que gastaba.

Su juventud viene determinada por su afición a la cerveza (la marca Coors le mandaba un envío mensual gratuito), las palomitas y la necesidad de alejarse del mostrador de la tienda que regentaba su padre en Ohio. Tras servir en la Armada durante la IIGM, su paso por la Universidad de Kenyon sirvió para graduarse en Ciencias Económicas, pero fue en Yale donde logró una beca del ejército para estudiar Artes Escénicas, abriéndole las puertas al Actor’s Studio de New York City, donde el método Stanislawski imperaba y actores de la talla de Marlon Brando y James Dean lucían su aprendizaje.

Se casó con Jacqueline Witte en 1949 y deambulaban por Nueva York mientras él intentaba abrirse paso en el mundo del espectáculo, y la familia se hacía grande. Su debut en el cine fue desastroso y siempre renegó de él, pero la muerte de James Dean le fue abriendo puertas que parecían destinadas a Dean. Su continua crítica y análisis conciso de los papeles le hizo ir creciendo conforme pasaban los años.

El cine fue regalándole papeles que lo enmarcarían en la cultura popular del siglo XX. “Marcado por el odio” (Robert Wise, 1956), “La gata sobre el tejado de zinc” (Richard Brooks, 1958) o “El largo y cálido verano” (Martin Ritt, 1958), donde conoció a Joanne Woodward.

Sus inquietudes y nerviosismo vital fueron derivándole hacia lo que fue. Demócrata confeso, gran amigo del guionista y ensayista Gore Vidal, ecologista, mecenas de grandes sociedades civiles humanitarias, piloto y propietario de una escudería de coches de carreras, padre de 6 hijos, y mundialmente conocido por su actividad profesional como actor de cine y teatro, director de cine y teatro. Hay muchas más cosas escondidas de las que conocemos.

Sus personajes en el cine, en películas tan reconocidas como “El buscavidas” (Robert Rossen, 1961), “Hud, el más salvaje entre mil” (Martin Ritt, 1963), “La leyenda del indomable” (Stuart Rosenberg, 1967), “El coloso en llamas” (John Guillermin, 1973), “El veredicto” (Sidney Lumet) o “Camino a la perdición” (Sam Mendes, 2002) han conseguido que sea recordado, admirado y deseado. Aunque puede que sean otras interpretaciones las que marcaron más su vida personal, casos de “Éxodo” (Otto Preminger, 1960) que intentaba emparentarlo con el pasado judío de su familia; “Dos hombres y un destino” (George Roy Hill, 1969) y “El golpe” (George Roy Hill, 1973) que le unieron a Robert Redford, con el que mantuvo una amistad y una cercanía en determinados pensamientos (ecologismo, alejamiento de Hollywood, amistad, demócratas…) para el resto de su vida; su unión a iconos de la dirección como Alfred Hitchcock en “Cortina rasgada” (1966) o John Huston “El juez de la horca” (1972); su definitivo Oscar tras un montón de nominaciones por “El color del dinero” (Martin Scorsese, 1986); y, sobre todo, su participación en la película “500 millas” (James Goldstone, 1969) que le abrió las puertas del mundo del motor, su auténtica pasión desde entonces.

Tras divorciarse de Jacqueline y casarse con Joanne Woodward en 1958 su vida pareció encauzarse, y tras el asentamiento en Hollywood (su participación en éxitos como “La gata sobre el tejado de zinc” quedaban totalmente ensombrecidos por Elizabeth Taylor o Burl Ives, y seguían comparándole con lo que habría hecho James Dean), pareció encontrar cierta estabilidad.

Su lucha por hacerse un nombre dentro del mundo del automovilismo, las desgracias familiares (su hijo Scott falleció), la constante contribución a las causas en las que creía (siguió ayudando durante toda su vida al Actor’s Studio), el éxito en las empresas fuera del cine (su marca Newman’s Own logró un gran reconocimiento), su lucha por el ecologismo (heredado por sus hijas), o sus continuas donaciones a actos de caridad de los beneficios logrados en sus diversas ocupaciones lo hacen llegar mucho más allá del personaje que conocemos por sus películas.

Su normalidad y rechazo al Star System le hacía negarse a firmar autógrafos o a comportarse de manera infantil y divertida en determinadas circunstancias, pero su mente iba mucho más allá, y la incomprensión de algunas actitudes de la sociedad le hacían más mundano y corriente para sus compañeros, amigos y familiares.

La virtud de este libro de Shawn Levy es que consigue mostrarnos ese otro Paul Newman, esa personalidad tan alejada de la estrella de cine, ese temperamento humano que lo hacía tan único y que tanto echamos de menos. El gran acierto de Levy es contarnos la vida de Paul Newman como una especie de diario personal donde anotaba sus reflexiones, declaraciones o pensamiento de personas cercanas a él en esos momentos concretos. Todo un disfrute para los que queremos ver un poco más de esos intensos y magnéticos ojos azules que escondían a un sinvergüenza concienciado que amaba el deporte y sumergía su rostro en hielo todos los días.

Han pasado más de 10 años desde su publicación, pero hay muchas veces en que recordamos a Paul Newman. Y no solo por lo que hizo en la gran pantalla.

 

 

 

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