De vez en cuando me da por pajarear. He pasado toda mi vida en la misma ciudad, en dos o tres barrios, lo que se supone que me arraiga a un lugar. En mi ciudad ha habido habitantes por lo menos desde el siglo XV que le dieron el título de “ciudad”. Si trajéramos a uno de esos habitantes, del siglo XV, o XVIII, e incluso de hace apenas cien años, no daría crédito. Aun cortando el trafico por completo dentro de la urbe para que al pobre desgraciado no alucinase con tanto trajín, no reconocería nada. Apenas un par de rincones del casco antiguo. ¿Y si pudiera pasar una tarde en mi mismo barrio, pero dentro de un par de siglos? Lo más seguro es que me explotasen los sesos y no sabría ni callejear (si es que dentro de tanto tiempo la gente no se teletransporta o algo así). Al pensar que somos finitos y que no sólo nos identificamos en un lugar concreto, sino que somos producto también de nuestra época, nos sentimos muy pequeños. Por eso, y no hay quien me baje del burro, cualquier expresión artística, sean mis escritos, un cuadro, una peli o el disco de mis amigos Q and the moonstones en mayor o menor medida es una aspiración de inmortalidad, una vana esperanza de que en un par de siglos sus acordes sigan retumbando por ahí (lo más seguro que proyectados con láser directos al córtex cerebral). En fin, que me pongo intensito. Un, dos, tres… ¡Swing!

Why don’t you do right. Un golpe de plato y la baqueta sobre la caja, haciendo el homólogo percusivo de un chasquido de dedos. El bajo lleva la base melódica justo encima de la caja, el Hammond se suma a la línea instrumental, donde la guitarra “decora” el resultado con unos acordes. Y por fin entra la voz. Siempre que veo una mujer cantando con una banda detrás me acuerdo de la pobre Amy Winehouse. Sin estar en la misma categoría (como si de divisiones de peso en boxeo se tratase), la voz de Vicky y la malograda Amy transmiten a la vez esa fuerza indomable y ese atractivo (llámese sensualidad, llámese magnetismo…) de la entonación de cada palabra como si fuera la última que va a pronunciar. Ejemplo: Tears dry on their own.

 

 

Chalk & Cheese. Empieza con lo que podría ser un ejercicio de método de bajo (que nunca conseguí superar) y una batería a base de charles y bombo. Los acordes de la guitarra, en ese fino sendero que llevó del jazz al funk. Instrumentalmente lleva las riendas el bajo, que se ve reforzado con batería y guitarra, pero la que se lleva todos los focos es la voz. Tiene algo de Vinilla von Bismark con la elegancia de la Diana Ross en Lady Sings The Blues.

Just like that. Tengo un paralelismo claro con esta canción. Hit the road Jack! De Ray Charles. Voces masculina y femenina que se cruzan, el ritmo de la batería, lo que ofrecen las cuerdas… Podría compararlos con los Pimpinela, pero no es lo mismo. Al final de la canción hacen un duelo de vocal-guitar (si air guitar es tocar una guitarra imaginaria, hacerlo con la voz… me lo invento).

Long gone love. Ésta tiene más ritmo, aquí manda la batería, sobre todo esa especie de redoble trotón con la caja. El estribillo tira un poquito hacia el country o hacia el rock, entendiendo rock por ese poso añejo, ese proto-rock de gente como Fats Domino o algunas canciones de Johnny Cash o Willie Nelson, eso sí, con los estribillos emergiendo de la potente garganta de Vickie. Con ese pequeño guiño a Tequila, me han matado. Que levante la mano el que no la ha silbado y ha gritado “Tequila” como si el mundo fuera a llegar a su fin.

 

 

Where has my Good man gone. Tiene un comienzo “badass”, en plan Bad to the bone o I’m a man en la versión Black strobe (la de Rockanrolla), pero entendiéndolo desde un punto de vista blues o blues-rock. Es decir, coge a John Lee Hooker, mételo en Rockanrolla con el asesoramiento de Quentin Tarantino y ponle una voz un pelín ronca, como la de Ann Wilson (de Heart, las de Barracuda), y te sale algo parecido. Rock de raíces, del de los Simpson, con Homer y sus “Hell’s Satans”, y un punteo de guitarra de los de saltar empastes cuando la mandíbula pega contra el suelo en su caída libre.

Fine and dandy. Tiene un aura como Tengo que mirarte, de Javi Faraón y los Memphis Sinners. Si cierras los ojos, verías un coro de chicas Pin-up de los años cincuenta, y esta canción tiene esa aura inconentona y buenrollera de los inicios del rock, como si hubieran dado con algo que no sabían exactamente cómo manejar o no tuvieran claro dónde iba a llevarles.

Run for cover. Ese inicio tiene algo… Curtis Stigers & The Forest Rangers, This Life, para los no iniciados, el tema de Sons of anarchy. Claro, que en vez de escuchar una voz ronca escuchamos una voz femenina que parece sacada de Nashville (hoy va la cosa de series). Creo que es el tema más country del disco, en esa corriente dentro de la música americana que busca el lado más comercial.

 

 

Caravan. Digna heredera del gran Django Reinhardt, un auténtico pionero, un virtuoso de la guitarra, que era capaz de hacer maravillas con las cuerdas. Belleville, por ejemplo. Entre guitarra, timbales y bajo crean esa atmósfera del proto-jazz (palabro mío) que Django Reinhardt convirtió en arte. Por obvia admiración, el temazo del disco.

Round & round. Otro tema Reindhartesco. Vendredi 13 en estado puro. Claro, al entrar las voces cambia bastante la percepción de la canción, acostumbrado a las instrumentales del maestro, y es cierto que la canción deriva a ese paraguas llamado música americana, que no es country, ni blues, ni jazz, tampoco R&B, pero que tiene un poco de todos esos estilos para constituirse en una personalidad propia.

Tired. One, two, three, four… y salen todos como gamos. La batería trotona, el bajo, juguetón, la guitarra intuyendo los orígenes del funk dentro de una canción de proto-rock y la voz dando intensidad y subiendo los decibelios. Haciendo justicia con la guitarra, ese punteo es rock puro, tiene que ser alucinante en directo.

This is goodbye. El disco amenaza con escapársenos de las manos y nos hace un amago. Tiene un aire cantautor, es como si hubieras cogido una canción de Bob Dylan y le pones una banda detrás, como cuando Johnny Cash, Willie Nelson, Kris Kristofferson y Waylon Jennings tocaban juntos. Suena a canción de cantautor, de estar público y artista frente a frente, pero gana la potencia instrumental de una banda detrás.

 

 

Who took the tiger from your tank. Un comienzo punteo-charles en plan ZZ Top en La Grange. El bajo inicia un círculo vicioso subrayado por ese redoble de caja alrededor de la cual se establece la melodía. No sé por qué, pero cada vez que oigo tell me who pienso en Curtis Stigers & The Forest Rangers, los mismos de antes, de Sons of anarchy, pero esta vez en su versión del John the revelator.

Deal with i ton my own. ¿Soy el único que piensa en la entradilla de Seinfield? La batería me saca del paralelismo y me hacen establecer otro que se las trae. U2, But I still haven’t found what I’m looking for. Atención al bajo, tiene un rollo parecido, y la batería. Digamos que las notas son similares, aunque el Groove (concepto de nueva adquisición, tenía que usarlo para algo) y el sonido en general son completamente diferentes.

Need somebody. Última parada, y siento un poco de lástima. Es como cuando lees una novela o ves una serie que te encanta y llegas a las últimas letras. Por un lado, te lo estabas esperando, pero por otro te sientes un poco descarriado. Pues en esta última se parecen a mis nuevos amigos, The Boo Devils, que dieron un conciertazo en el Stereo de Logroño. Digamos Too much booze, pero con un rollo más melódico, más de jazz, si me apuras. Punteo largo, la voz de Vicky atravesando el viento, los coros y un finalón rock&roll cien por cien, de esos que los integrantes de la banda se miran y terminan sincronizados con un golpe de plato, dando un salto y un guitarrazo.

 

 

Al escuchar una banda con influencia de jazz y voz femenina, me acuerdo de la malograda Amy Winehouse. Qué bonito era descojonarse cuando aparecía con un moño como Marge Simpson o dando tumbos y sin voz en algún concierto, y ahora qué artista se ha perdido y qué maja era. La fama es así, y la gente es así. Para muchos artistas, lo peor es asimilar la frustración de dar lo mejor de uno mismo y no llegar a ser ricos y famosos, viendo como auténticos patanes cobran millonadas en programas de contenido cultural por debajo de cero. Pero de vez en cuando alguien anónimo pega el campanazo con una canción (Amy, por ejemplo) y de repente se ve subida en una ola de admiración y odio que no puede asimilar en tan poco tiempo. Bueno, que me pongo intenso. Alzo mi vaso por la buena de Amy, y por mis amigos de Q and the Moonstones, que mezclando muchas influencias y combinando las habilidades de sus integrantes, han sido capaces de darnos 55 minutitos de buena música, de esa que te hace poner unos cuantos discos más. Sin ir más lejos, me voy a poner un rato Djangology.

Para los convencidos, enlaces de la banda.

 

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