Mucho público joven en la We Rock; disperso entre los veteranos de siempre, sí, pero suficiente cantidad de recientemente mayores de edad como para ilusionarse. The Brew agradecieron al público el apoyo al rock en vivo, como suelen hacer bandas curtidas que llenan las salas de público más curtido aún, pero esta situación era diferente. The Brew congregan sangre nueva en torno al rock de dinosaurios, sin moderneces, artificios ni gafapastadas de moda. Canciones que apenas aportan nada nuevo, que sólo son pura presencia y buen hacer.

Los propios Señor Mamut, no sé si casualmente o no, sonaban influenciados por el trío protagonista. El joven cuarteto de de hard rock clásico sonó setentero, cantando acerca de temas manidos que mejoran el humor: rupturas, noches y alcohol. Se mostraron rodados, simpáticos y desacomplejados sobre el escenario, interpretando temas de los dos álbumes que conforman su discografía, haciendo coros de verdad y rematando con solos de guitarra y crescendos sin adornos. Aunque mi percepción está condicionada al desconocimiento previo de su música, sus canciones se me acabaron haciendo ligeramente monótonas. Una banda apetecible a la que quizá le falte algo de recorrido compositivo. Un buen calentamiento, también.

The Brew. Qué decir de ellos, pues, si ya lo hemos dicho todo. Tres bafles de graves entre el público y el escenario nos hacían temer lo peor por nuestros oídos, y cuando salieron a escena, haciendo el ruido de dos bandas tocando a la vez, con un sonido de batería volcánico, unos graves que nos desabrocharon la camisa y una guitarra que quebraba los cimientos, supimos que estábamos en lo cierto: nos íbamos a quedar sordos. El volumen fue descomunal durante todo el concierto. Intuyo que la banda ha mejorado su equipo personal, pues aún a riesgo de pitidos para el resto de la semana, en ningún momento se perdió el hilo de quién hacía qué, como y con qué destreza. Sonaron nítidos y, sobre las tablas, se comportaron mejor.

Interpretaron Control prácticamente por completo, con la potencia que tan bien capturaron en el estudio y el añadido de su continuo movimiento. Jason y su arco de violín, esta vez mucho mejor acoplado que otras veces en un buen tramo de «Fast Forward», se llevaron gran cantidad de aplausos. Las risas se las llevaron Kurtis, quien se sigue divirtiendo de lo lindo haciendo un brutal solo de más de 15 minutos- la mitad sin baquetas, a lo Bonzo- y su padre, Tim («I am not married on tour. What happens on tour, stays on tour»). La admiración por técnica, potencia y cohesión, se la llevó el conjunto. Llenan el escenario de saltos, poses y patadas al aire, y el ambiente, de rock and roll de la escuela Zeppelin y Hendrix. No hay mucho más: trabajo y canciones con suficiente cuerpo para divertir a una sala llena de hambrientos de rock que los saque de la rutina.

A mitad del concierto, con el cuerpo ya caliente, comenzaron a caer clásicos propios como «Kim» -posiblemente, su mejor canción hasta ahora-, «Every Gig Has a Neighbour» o «Six Dead», y ajenos: uno tras otro, sonaron «Break On Through», «Whole Lotta Love», un trocito de «Moby Dick» aquí, otro de «Daze And Confused» allá, «Voodoo Child» o «Baby Please Don’t Go». Demasiados, teniendo en cuenta la extensión de su repertorio propio -y lo bien que suenan algunas como «Million Dead Stars», con un Jason a cada año mejor cantante-, pero también divertidos, aunque los más jóvenes se encontraron un poco perdidos.

Más de dos horas de baquetas rotas, púas perdidas, saltos y guitarrazos. Estamos de suerte por una simple razón: esos tres llevan el rock en las puñeteras venas, y son incansables.

by: Edgar

by: Edgar

A la música le dedico la mayor parte de mi tiempo pero, aunque el rock me apasiona desde que recuerdo, no vivo sin cine ni series de televisión. Soy ingeniero informático y, cuando tengo un hueco, escribo sobre mis vicios. Tres nombres: Pink Floyd, Led Zeppelin y Bruce Springsteen.

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