Un concierto de Cápsula no es sólo un concierto, es un viaje astral a través del sonido. Sólo lo entendí empezado el concierto aunque, disculpad mi torpeza, dudo que sepa transmitirlo con precisión.

Entro a la Sala Z, todo parecía normal. El olor a desinfectante mezclado con cerveza lo inunda todo. Cápsula empiezan a tocar a un volumen atronador unos riffs de guitarra tan adictivos como evocadores. Martín Guevara invoca con su guitarra a los dioses del rock, las cuerdas del bajo de Coni Duches desafiaban las leyes de la física mientras la batería de Álvaro Olaetxea sonaba como si una horda de vikingos estuviera intentando derribar la puerta de la sala. Pocas veces el término Power trío ha sido más acertado.

Atacan Hacia el sur, Premonición o Narcissus y juraría que las canciones se infiltraban en mi cabeza. Pensé en Black Sabbath como quien recuerda una tormenta de hace muchos veranos pero que todavía es capaz de calarte hasta los huesos. Los riffs dejaron de ser sonido para convertirse en algo casi sólido, tangible. La barra del bar parecía más lejana de lo que físicamente estaba, como si el espacio hubiese sido adulterado por la vibración. Las burbujas de la cerveza de la pareja de al lado subían más lentas de lo normal. Nadie parecía preocupado. Yo tampoco.

El concierto continuó desplazándose aunque ya no estaba claro si avanzaba en el tiempo o en otra dimensión todavía por explorar. Las canciones parecían estados de ánimo que la banda visitaba durante unos minutos antes de abandonarlos. Algunos eran luminosos, otros densos, otros simplemente extraños.

Al salir a la calle, el frío aire de Zaragoza me devolvió a la realidad. Comprendí que la experiencia no se iba a transformar en un simple recuerdo sino en una sensación. Antes de dormir, arropado por el zumbido en mis oídos y el recuerdo de lo vivido un rato antes, creí escuchar un riff lejano. Cerré los ojos y la Z volvió a aparecer con Cápsula tocando en bucle esos eternos riffs. Y allí siguen.





















0 comentarios