Cuando empecé a destripar discos y conciertos, me puse una premisa: lejanía. Escribo sobre canciones, las comparo, doy contexto, no hago una lista de la compra, sino que intento acercarme al formato de un relato corto… y sigo mi camino. Esa premisa se me resquebrajaba en cada línea, porque, al fin y al cabo, no dejo de ser un artista, y mi posición es más o menos igual de vulnerable ante la industria que la suya. A medida que he desgastado suela y neumático con la Candelarias Tour, aún he ido empatizado más, hasta que soy como Homer Simpson: el hombre que mejor representa el rock & roll, excepto la música. Ahora tengo delante el nuevo proyecto de Leonor Marchesi, una artista con las que siente uno esa aura solemne de respeto desde la primera frase. Así que todo el rollo del escritor frío se va por el desagüe a la primera de cambio. Intentaré no convertirme al menos en un fan dando saltitos en el sitio mientras le berreo «Leo, fírmame la frente». Un, dos, tres… ¡IDO!

Predestinados. Llevo 15 segundos y mi mente es una cazuela hirviendo. Estoy pensando en Depeche Mode, o en el comienzo de Alter Mann, seguramente la mejor canción desconocida que ha dado Rammstein. Cuando entra la batería de Gustavo, pero aún en ese calentamiento, el sonido oscila hacia el Magnificent, de U2. En serio, llevo 26 segundos, y estoy viendo trenzadas un sinfín de canciones que me gustan. Una vez que entra toda la parte instrumental, vuelvo a mi tesis inicial: Depeche Mode en A pain that I’m used to. Curioso equilibrio en sala de máquinas: Gustavo tirando de timbal, David punteando, José Luis llevando la médula de la canción, más que sonando, vibrando, chisporroteando. La letra de Leo me hace meterme en un melonar: ¿qué es la libertad? La filosofía enmarca el concepto de libertad de o libertad para. Por ejemplo, eres perfectamente libre de correr los cien metros lisos en 5 segundos, pero tus circunstancias materiales a lo mejor tienen algo que añadir. Aquí Leonor nos habla del determinismo: la genética, la historia, los apellidos, el código postal, el siglo, los contactos de tu familia… tu destino, como si fuera una operación matemática, está determinado con un margen de error mínimo simplemente aplicando ciertos parámetros. Leonor, al menos en mi opinión, lo lleva a una temática más parecida al Time i son my side, que creía que era de Irma Thomas, pero no, es de Jerry Ragovoy, y que hicieron famosa The Rolling Stones. En el puente y el punteo crean una atmósfera realmente oscura, como Depeche Mode, como Korn, como Him… casi gótico. Aunque cada estrofa, cada estribillo, vuelve a ese terreno entre el hard rock, el metal épico y algo de electrónica, un detalle subrepticio.

El duelo. Vale, reconozco que estas intros me tienen intrigado. Yo  las llamo electrónica porque a mis orejas de burro todo lo que no sea Max Cavalera es Scorpia, pero es… vamos a decir rock alternativo. Aquí hay guitarreo del bueno, pero eso no quita para que tengan unas intros intensas y tiremos de parte melódica. Estoy entre The speed of sound, de Coldplay, y el Never Let Me Down Again, de Depeche Mode. No te equivoques, Depeche Mode son rockeros haciendo electrónica, como Moby, pero más oscuros. Entra la sala de máquinas, maravillosa la coordinación, el trenzado, de guitarra y bajo y una batería que sabe qué terreno ocupar, integrando el ritmo con oficio para no pisar el resto del sonido. Letra romántica la de Leo, pero no romántica en plan canción babosa del verano, romántica en un sentido Becqueriano: Volverán las oscuras golondrinas / en tu balcón sus nidos a colgar… el amor como concepto teogónico, esa energía invisible que mueve el corazón de dioses y hombres, que escribió Hesíodo. Esto tiene muchas capas: la zona metal, con punteos de guitarra, baterías contundentes y bajos poderosos; la parte electrónica, que es lo que silbas en las canciones de Depeche Mode, y la zona conceptual, letras y voces, que tiene un aire a HIM, a Ville Valo.

Vidas pasadas. ¡Por fin puedo mencionarlo! Igual no se parecen, pero me da igual: Eiffersucht, Weisses Fleisch, o Du rieschst so gut de Rammstein. Por fin intros de las que me gustan, de las que me hacen soñar. Vale, hablo un poco de alemán y me vuelvo un poco loco con estos comienzos que coquetean con el techno para terminar en luxación cervical por hacer el burro. En cuanto han entrado las cuerdas de acero, la batería se vuelve un poco más monolítica, como Rammstein. Ya en las estrofas, Gustavo tira de timbales, de doom… esos intercambios son como si indicaran a José Luis y David cuando atacar. Es un paralelismo con Rammstein: estrofas sin guitarras —quiero decir sin riffs omnipresentes—, con un bajo poderoso, y estribillos donde la batería gana pegada, más monolítica, con un sector de cuerda a prueba de bomba. Aunque pueda parecer lo contrario, bajo y guitarra salen muy reforzados en ese intercambio, pudiendo oscilar a un punteo a lo Kirk Hammett con perfecta naturalidad, sin romper la premisa de la canción. En cuanto a las letras, veo un reverso de Predestinados. Si al principio Leonor parecía sonreír y silbar con la seguridad de quien sabe que el universo nos va a terminar postrando a sus pies, en este tema es alguien que lucha por hacer un punto y aparte en su vida. No exactamente empezar desde cero, es más bien buscar un cambio de rumbo, un volantazo que la lleven a pastos más verdes, a un nuevo camino.

En tus sueños. Nada más entrar David repartiendo grasa, aislemos un momento las guitarras… tienen un poso muy parecido a Mick, de los Slipknot. Tomando como referencia el inicio de Psychosocial, y en una especie de alineamiento planetario musical, un espejismo que va a durar un parpadeo, me ha sacado una sonrisa. Gustavo me da la razón en una de las tesis que sostengo desde hace más tiempo: no siempre más correr y más tralla es mejor. Gustavo mantiene un tempo más lento, pero contundente, y permite a la canción fluir. Estas levantando sonidos «delicados» muy fácilmente pisoteables por un doble bombo destructor, así que se pasa, también con José Luis, con el que mantiene un pacto silencioso, a una zona oscura, muy Korn, mientras Leonor tiene el aura del poema El vampiro, de Baudelaire: Tú que, como una cuchillada, entraste en mi doliente corazón… Es la versión heavy metal del diálogo entre protagonista y antagonista en Soy leyenda, de Richard Matheson.

Cuatro elementos, cuatro evangelios, cuatro estaciones, cuatro jinetes del apocalipsis… cuatro músicos y un destino. Última parada… de momento. Vendrán más temas. Van a ser nueve en total. Estos cuatro han sido una especie de adelanto in media res, para que vayamos abriendo boca. Así muy resumido: rock, o metal, con cosas: electrónica, referencias filosóficas, trasfondo literario y poético, aura gótica, oscura, pero encajado desde un poso romántico, como las mejores pelis, libros o poemas de vampiros: tienen tanto de monstruos como de seductores, de criaturas infernales como de condenados; de terroríficos como de condenados dignos, si no de lástima, de empatía.

Para los que saben quién es Baudelaire, o Bram Stoker y les gustan las guitarras, enlaces de la banda:

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IDO – En tus sueños (2025)

by: Teodoro Balmaseda

by: Teodoro Balmaseda

Escritor de ficción y crítico desde la admiración. Si te gustan mis reseñas, prueba 'Buscando oro' en tu librería o ebook.

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