Los caminos de Dirty Works y The Mad Note Co. estaban tardando demasiado en cruzarse. Tuvo que aparecer el bueno de Scott H. Biram para que se decidiesen a mezclar música con literatura, con un concepto en común: el mundo redneck. Scott, un tejano con mucho talento y una carrera de veinte años a sus espaldas, servía de puente entre una promotora que admiramos por su atrevimiento, variedad y apuesta por el sonido del sur, y una editorial independiente de la que se puede decir lo mismo. Los últimos presentaban el Manifiesto Redneck de Jim Goad, los primeros volvían a jugar su carta ganadora. Y, en medio de todo, Ignatus Farray haciendo ruido.

El Dirty Javier Lucini daba paso a Ignatus que, a modo de predicador advenido de lo profundo de América, sorteo de un buen bourbon de por medio, monologó acerca de tocar fondo, la gente de pueblo y las diferencias entre los borrachos de la izquierda y los pijos de la derecha (sic). Risas continuas de los presentes, a excepción de algunos amedrentados por ese humor tan agresivo y avasallador de Farray. Tras unos pocos minutos, el jefe hizo acto de presencia, rompiendo el hielo con «Swift Driftin’».

Si bien la sala no destaca por su acústica, la facilidad de ecualizar a un solo hombre (orquesta, pero sólo uno) tuvo que ver en el excelente resultado. La voz de Scott, su guitarra (nueva, «la hijaputa’ se desafinaba cada dos por tres») y el ritmo de su pierna sonaron a la perfección. Scott es un salvaje, un músico de instintos que practica los estilos que le vienen en gana con soltura y actitud. En un tema es capaz de cantar tan dulcemente como la más romantica Lucinda Williams («Still Drunk, Still Crazy, Still Blue»), como en otro se ve con la seguridad de gruñir como Lemmy («Trainwrecker).

El tejano encadena un tema con otro. Dos, tres, cuatro y hasta cinco, parando sólo para afinar, variando en estilo lo suficiente como para no aburrir en ningún momento. Del punk al gospel, del rock and roll clásico al country. Acompañando sus riffs y su voz con el traqueteo de su pie, su música rueda con toda naturalidad, interpretada con una fuerza que abruma y una seguridad sólo posible con cientos de conciertos a la espalda. El músico puso a gran parte del público a bailar desde los primeros temas, sin dejar espacio ni para los aplausos de una sala atestada.

Tras poco más de una hora, Biram se despedía con una timidez que sorprende de un tipo que se enfrenta, noche tras noche, a la audiencia en solitario. La duración, que hablando de una banda tradicional podría parecer escasa, me pareció adecuada para no aburrir, pues pese a la variedad de los temas y a la intensidad de su entrega, el show del tejano pone difícil la capacidad de sorpresa. De esta forma, la satisfacción es plena, con resquicios suficientes como para querer repetir.

by: Edgar

by: Edgar

A la música le dedico la mayor parte de mi tiempo pero, aunque el rock me apasiona desde que recuerdo, no vivo sin cine ni series de televisión. Soy ingeniero informático y, cuando tengo un hueco, escribo sobre mis vicios. Tres nombres: Pink Floyd, Led Zeppelin y Bruce Springsteen.

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