El poeta dice que su propia mente es la casa de todos, pero la mente del político tenebroso, ese hogar, si se le puede llamar así, es solo suya. Y está llena de habitaciones con pasillos que llevan a otras habitaciones con pasillos que dan a la gran sala del miedo. A su laboratorio; ese prisma de espejos donde se crean las diferentes realidades que proyectar al personal.
Un político es capaz de cualquier cosa con tal de que nadie entre en esa gran sala central. De cualquier cosa. Incluso, desde su despacho, llegar a tu pequeño saloncito de estar íntimo y bien apañado mientras te tomas un café entretenido y distanciado del mundo con esas tragaderas que solamente la ciudadanía que no milita sabe tener.
El político alimenta ese gran horno en sombra donde arden los ciudadanos mientras el aire dirigido disipa el humo del desastre. Aires de tormenta en lo alto sobre esa nada desnuda como una recién casada.
Su termómetro marca unos ochocientos grados y la caja con nosotros dentro, y nuestro corazón en el terror. Hasta las ganas de odiar nos abandonan. Esas ganas que nos habían mantenido vivos hasta entonces.
¿Y nuestras ganas de amar? ¿Qué va siendo de ellas? ¿Lo sabes tú Señor de las grandes defunciones que conduces a tus presos políticos a la insaciabilidad, a la perdurabilidad, a la eternidad sin saciedad, oh, bastardo? Oh hijodeputa, has estado conmigo allí, donde yo estuve atado y amordazado entre las llamas.
Ese horno funciona con gasoil y miramos la chimenea mientras vamos desfilando en un desorden aleatorio pero preciso y controlado para convertirnos en sus extensiones, en brazos que no piensan, porque no les gusta que todos sepamos de lo mismo.
Con esta naturaleza hermética, con su inmortalidad, su compleja maquinaria sanguinaria, su poder omnímodo, su universalidad, sus grandes camuflajes. Cuántos dicen rechazarlos pero son los que más los aman. Acordaos siempre de esto. Los que los niegan, los adoran.





















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