El problema, los problemas de la familia no están en la capilla. Quizá sea el contrato que firmamos a su sombra, —como Johnny Blaze ilusionado con su ascenso—, sin conocer sus consecuencias reales. Entonces y solo entonces toda la parentela de la muerte se nos echa encima.
Este mundo limitado por sus pintorescas tradiciones y refranes, a veces, solo a veces, no permite que nadie se salga de su valla electrificada. Esa descarga nos desgarra sin compasión. Y nosotros, jóvenes novillos, nos volvemos ganado viejo desde ese día.
Hasta que llega un momento, para algunos, en que el capullo enclaustrado en el trabajo que divide el día entre la piscina, la botella y los pajaritos, les queda más lejos que nunca.
Me dijeron un día que en la pareja hay que saber esperarse, pero ved cómo esos dos trenes se cruzan sin retorno. El reverso de todo esto es que nos roban desde dentro a la persona que amamos. A los dos a la vez.
Después, la pareja se mira como se mira a través de un cristal, o del aire, o de nada. Y entonces saben que ninguno estaba allí, ni había estado nunca, ni estaría. Y son como el que muere en la epidemia sin identificar, y es arrojado a la fosa común.
Mientras, despiertos en su interior, recuerdan esa felicidad salvaje en familia de su niñez, cuando se sentían conectados a todos con el corazón a pesar de las distintas edades, y los distinguían con precisión por sus cualidades de manera directa.
Y ahí se quedan silenciosos hasta la maldición, en parte durmiendo; soñando sueños que se desvanecen en ese espacio entre el espíritu y la piel.
Afortunadamente, nunca llueve eternamente.





















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