La poesía no es un contagio de fe, sino de experiencia. Es la consecuencia de amar, la consecuencia de no amar. No es la obligación de amar. Amar es y debe ser una elección libre. La poesía es algo que anda por las calles. Que se mueve, que pasa a nuestro lado. Todas las cosas tienen su misterio y la poesía es el misterio de todas las cosas.
Puede ser muchos espejos en uno solo. Muchas lenguas en una sola lengua. La poesía está en la vida, en las muertes, en los sueños, se respira silenciosamente de manera desapercibida, nos atraviesa en tiempo real todo el tiempo, y la dejamos escapar en el despiste.
Es como una adolescente caprichosa. Puede no sonar demasiado mal ni alejarse mucho del sentido, pero qué lejos está del alma. La poesía se liberó con Whitman porque el río del Tiempo fue desdibujando toda su cabellera en su lecho. Se liberó y desde entonces ya no nos pertenece.
Nace de la fricción de los hechos con el alma y se trabaja con el corazón. Se acumula silenciosa como las aguas de un remanso en los márgenes de la existencia. Sugiere vigilancia constante en los adentros, donde circulan otros vientos que soplan a su mismo volumen. Es decir,
la poesía verdadera está en ese Todo que a su vez es una pieza de un puzle desconocido. Necesita generarse en su futuro para que no pueda alcanzarse. Pero si tal respuesta viene del futuro, ¿es necesario aguardar a que ese futuro llegue para conocerla? No. Desechamos detectives la que viene del presente.
La poesía se enamora, no tiene prisa y tiene prisa, se va a regañadientes y vuelve esperanzada. Nos dibuja una sonrisa ante un repentino hallazgo. Son palabras que no tapan un silencio.
¿Cómo sería esa sopera sin mi idea?





















0 comentarios