Con El devorador de almas, los gaditanos Nidhögg dan un paso firme hacia la consolidación dentro del metal nacional, apostando por un sonido más oscuro, ambicioso y emocionalmente cargado que en sus trabajos anteriores.

La banda, formada por Daniel De La Llave (guitarra), Pablo Fernández (batería), Juanki G. Trenado (voz), Juanra González (teclados) y Álex Arroyo (bajo), demuestra aquí una química sólida y una clara intención de evolucionar. Cada miembro aporta con precisión a un conjunto que suena compacto pero abierto a explorar nuevos matices.
Uno de los elementos más destacados del disco es la interpretación vocal de Juanki G. Trenado, que se mueve con soltura entre registros melódicos y pasajes más agresivos. Su versatilidad permite que las canciones ganen en intensidad y profundidad, adaptándose al tono cambiante del álbum.
El arranque con “Sin condición” deja claras las bases: potencia, melodía y un enfoque power metal que, sin embargo, pronto se expande. “Ex cathedra” introduce una vertiente más oscura y contundente, mientras que “Grito mudo” se erige como uno de los momentos más emocionales del disco, explorando temáticas introspectivas con gran carga dramática.
El tema titular, “El devorador de almas”, resume bien la propuesta del álbum: riffs contundentes, cambios de ritmo y una atmósfera intensa que combina agresividad y melodía. En contraste, “Ángel” ofrece un respiro acústico que aporta sensibilidad y variedad, mostrando otra cara de la banda.
El cierre con “Como la luna y el sol” introduce elementos folk y un tono más cálido, poniendo el broche a un trabajo que destaca precisamente por su diversidad. Lejos de limitarse a un solo estilo, Nidhögg integra influencias de power, thrash, metal más atmosférico e incluso guiños al rock andaluz, con los teclados de Juanra González actuando como un hilo conductor clave y la colaboración de Narci Lara de Saurom.
A nivel instrumental, el disco mantiene un equilibrio notable: la guitarra de Daniel De La Llave aporta tanto fuerza como melodía, la base rítmica de Pablo Fernández y Álex Arroyo sostiene con solidez cada tema, y los arreglos de teclado enriquecen el conjunto sin saturarlo.
La producción, clara y contundente, permite apreciar todos estos elementos sin perder pegada, algo fundamental en un álbum con tanta variedad de matices.
En conjunto, El devorador de almas es un disco valiente, que apuesta por crecer en lugar de repetir fórmulas. Puede que su diversidad estilística no sea para todos los oídos, pero precisamente ahí reside su identidad: un trabajo inquieto, emocional y con personalidad propia.
Nidhögg no solo evoluciona aquí, sino que deja claro que tiene margen —y ambición— para seguir haciéndolo.
















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