Daniel Calparsoro consiguió rédito desde su primera película “Salto al vacío”, por los ya lejanos mediados de los noventa del siglo pasado, lo que le ha permitido llevar una trayectoria dilatada dentro del séptimo arte, rodando todo tipo de series y películas, encuadrándose, sobre todo, en el cine de acción.

Quizás no sea de los directores prestigiosos, de esos que ganan premios, pero sí tiene un estilo particular, rápido y sangriento, con maestros de la talla de Sam Peckinpah como modelo. Un cineasta con oficio, de irregulares resultados pero del que se pueden rescatar títulos como “Cien años de perdón” o “Todos los nombres de Dios”.
De hecho, del último largometraje citado repiten Luis Tosar como protagonista y Patricia Vico como secundaria, en un reparto donde aparecen nombres como Claudia Salas, Leonor Watling o Pedro Casablanc en un pequeño pero relevante personaje. El resto del elenco como los ocho episodios destilan diversas consideraciones pues algunos cumplen y otros pecan de poco creíbles o histriónicos en exceso.
“Salvador”, con guion de Aitor Gabilondo, queda lejos de su mejor “libreto” por una mejor serie como “Patria”, cuenta la historia de un conductor de ambulancias, antiguo médico expulsado por alcohólico, que busca una segunda oportunidad en la vida intentando encontrar al asesino de su hija perdida, inmersa en la violencia de un grupo neonazi. Según entra en contacto con los fascistas parece que pueda entender sus motivaciones. Un hombre inmerso en sus propias contradicciones.
Un argumento con interés pero graves altibajos pues sus responsables no ofrecen ni sorpresas ni demasiados giros de guion. Todo es previsible y no resulta complicado saber lo que va a suceder desde el primer capítulo. Eso sí, posee ritmo, visualmente es atractiva, donde la espectacularidad queda por encima de los diálogos, está moderadamente bien interpretada (como comentamos más arriba no por todos pues algunos de los villanos parecen de “opereta” en más de una secuencia) y resulta entretenida si no se intenta bucear en demasía.
Sí resulta alentador comprobar como uno de los puntos bien explicados del éxito de esos perniciosos radicales en la labor asistencial, uno de los puntos que les hacen granjear simpatías entre una parte de la población. Punto que tienen en común con grupos terroristas como era el caso de la antigua ETA o en la actualidad el yihadismo en países musulmanes. Gente que aprovecha la debilidad, económica o vital, para conseguir adeptos, subvencionados por oligarcas o grupos de poder.
Es quizás lo más interesante de una serie agradable, bien realizada y que si no se rasca en su superficie puede resultar un producto a saborear por una nutrida cuota de espectadores.



















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