Como traductor he visto a las mejores mentes de casi todas las generaciones destruidas por la locura, muriendo de hambre; histéricamente desnudas arrastrarse por esas oscuras callejuelas al amanecer. Angelicales inconformistas ardiendo por esa ancestral conexión celestial con la dinamo estelar de la maquinaria nocturna.
La relación entre los poetas malditos y sus contemporáneos es de un amor inmaduro e incondicional, de interés y dependencia. Por una parte de la sociedad, claro. Porque creen que el poeta maldito es el teléfono de Dios, que no tiene motivos ni piensa por sí mismo.
No comprenden que el poeta maldito está demasiado trabajado ya desde su juventud como para hacer el tonto con el amor; para sujetarlo como un castigo. Él solo describe lo que ve; escribe su bitácora en el tiempo azuzado por los causantes del malentendido que lo sitúa en el centro de la tormenta.
La estupidez, el error, el pecado y la avaricia ocupan nuestros espíritus y trabajan nuestros cuerpos. Y alimentamos nuestros amables remordimientos como los mendigos nutren a sus alimañas.
A algunos poetas no les preocupa que sus lectores no les entiendan. La principal responsabilidad del poeta maldito es hacia la experiencia en sí misma. La cual intenta rescatar del olvido. Tanto para él como para los otros. Esto es un impulso que en el fondo se encuentra en todo arte.
La pregunta. ¿Es necesario tanto dolor callado? ¿Tanto sufrimiento estéril fuera de los márgenes? ¿Fuera de esa curva normal?
El poeta maldito pareciera que está produciendo un nuevo tipo de poesía mala. Presupone que nadie lo leerá y si lo hace, no podrá comprenderlo ni disfrutarlo. Es hora de que algunos de vosotros os deis cuenta de que la lectura de un poema es un trabajo difícil.
Porque para él, tal vez nunca sea el momento propicio para enamorarse, para coincidir con una persona a quien no tocara el tiempo, que la noche no pasara estando con ella, que no se apagaran uno a uno los anuncios de neón. Eso sí, el sucio amor puede encontrarle cuando los caballos del tiempo sacian su sed con su sangre, o cuando el firmamento se deshace las gruesas trenzas porque va apretando el calor.
Y a vosotros, los que vengáis a hacer lo que ellos no han podido hacer. A dar el beso que no pudieron dar, a soñar el sueño que se les escapó, a escribir la letra que se les olvidó. Os confío su fracaso y os deseo la victoria.





















0 comentarios