El sufrimiento es relativo. No por su intensidad —que es desconocida para los demás, pero no para uno mismo— sino porque depende de la tolerancia al dolor de cada cual. Todos conocemos nuestro dolor, porque seguramente es el único momento de nuestras vidas en el que vamos a mirar hacia dentro. De otra manera, ni siquiera tendríamos esa perspectiva, aunque por suerte existe el aprendizaje vicario. Pero no estamos merodeando el aprendizaje.
Hay personas que se matan por dos días de bloqueo mental. Lo que significa que esa tolerancia al dolor no es la misma en todos nosotros. Por esto es normal que los haya que se vuelven más frívolos en este sentido. Y es normal. Siempre y cuando, como todo, suceda dentro de esa curva normal. Al fin y al cabo estamos aquí para vivir la vida viva. A pesar del que el no tiempo se imponga dos veces por hombre.
El dolor no es necesario, pero a la vez es necesario. Necesario para crecer como persona. Pero este crecimiento no debería ser impuesto; sobre todo por esos feriantes que manejan los mandos de una atracción que nos hace hacer piruetas para solamente pasar el tiempo. Un tiempo que a veces se pierde en el olvido de una vida malgastada sin sentido.
Es cierto que ese sistema no debe romperse. Esas atracciones están ahí desde antes que nosotros, pero deberían obedecer a unas leyes universales con amor de manera que no fuesen dirigidas por unos niños con gigantismo en el intelecto y el corazón completamente estúpido.
A veces el amor nos distrae del sufrimiento como una droga. Pero aun tan lejano puedo saborear su dolor, amargo y punzante con tallos que te hacen tragar. Y la huella esporádica del sol, la brusca y breve molestia de las ruedas allá en la calle donde tu ciudad nupcial mira hacia otro lado. Y la luz, irrefutable y alta y ancha, impide que cicatrice la herida —y hace aflorar la vergüenza.
Durante todos esos lentos días golpeado en tu fragilidad de viejo, aunque tienes treinta, tu mente queda abierta como un cajón de cuchillos. Lo celestial y los suburbios, —capaces de ir hasta a por un niño para tapar consecuencias—, los años, te han enterrado. No osaría consolarte aunque pudiera. ¿Qué se puede decir sino que el sufrimiento es exacto, y que cuando el deseo manda de poco valen las interpretaciones?
Entonces, ese cerrado dolor de cabeza causado por la presión del mundo visible reclama un significado. Y la visión solo ofrece alternativas a una apariencia dislocada hecha de fragmentos trémulos, colores dudosos y un sufrimiento de cosa oscuramente mezclada consigo misma. ¿Qué materia desean los ojos y que no pueden ver? No los asuntos de esta terrible sociedad que se aplasta al planeta. ¿Cuál es la relación de esta escena con el otro orden?
La divinidad está aquí por delegación sombría. Hay un millón de ventanas y cada una padece su teólogo fracasado ante la única realidad posible con su correspondiente dolor de cabeza al anochecer. Y ese dolor crece en el mundo a cada rato. Crece a treinta minutos por segundo, paso a paso, y la naturaleza del dolor es el dolor dos veces. Y la condición del martirio, carnívora, voraz, es el dolor dos veces. Y el bien de ser dolernos doblemente.
Crece la desdicha, hermanos hombres, más pronto que la máquina, a diez máquinas y crece con nuestras barbas. El ojo es visto y nuestra oreja oída.




















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