Nada menos que cuarenta y cinco años de trayectoria llevan Los Secretos en la música y aunque siempre se eche de menos la presencia y pluma de Enrique Urquijo, a pesar de que hayan pasado veinticinco años de su fallecimiento (se le recordó en varios momentos), la banda sigue perfectamente engrasada capitaneada por Álvaro Urquijo a la voz y guitarras principales (una de ellas su célebre Gretsch de doce cuerdas), la de acompañamiento, slide o mandolina para Ramón Arroyo y Jesús Redondo a los teclados como parte de la formación histórica y el bajo de Juanjo Ramos, otra tercera guitarra y la batería de Santiago Fernández que conforman el sexteto que gira en la actualidad.

Así que ante un Patio de la Tonelería lleno, Los secretos se dedicaron a ofrecer una hora y media de nostalgia, con todos sus clásicos de siempre y las nuevas composiciones de este milenio donde la composición pasó a Álvaro Urquijo. Un público veterano en su gran  mayoría que de esta forma regresaba a la juventud, al momento en que es posible que fuesen más felices con uno de los estandartes de la llamada “movida madrileña”. Una banda que comenzó fuerte con dos éxitos como “Buena chica” y “La calle del olvido”, donde ya se podía observar lo que han sido siempre las influencias de esta banda: pop de corte británico, con predominio del medio tiempo y la balada melancólica y toque de country. Un combo que debo reconocer que tardé en asimilar pues de adolescente mis gustos no salían del rock y el heavy y Los secretos encarnaban otro espíritu diferente. Todo cambió en 1991  con el “Adiós tristeza” donde descubrí memorables melodías como “Y no amanece” u “Ojos de gata” (que ¡por supuesto! tocaron) y que hizo variar mi percepción hacia ellos y su música.

Sonaban canciones de diferentes etapas como “Échame a mí la culpa”, “Si pudiera parar el tiempo”, “Colgado”, “No me imagino”, “Volver a ser un niño” o “Solo ha sido un sueño”, jalonadas con hechos del  glorioso pasado y agradecimientos que proponía Álvaro Urquijo, antes de llegar a un momento algo más intimista, con predominio de la guitarra acústica, con las delicadas “Aunque tú no lo sepas”, “Quiero beber hasta perder el control” y la antes referida “Ojos de gata”, aquella compuesta junto a Joaquín Sabina, colaboración que también existió en “Por el bulevar de los sueños rotos” aunque antes nos deleitaban con “pero a tu lado”, “Otra tarde” y “Te he echado de menos”.

Nos acercábamos al final con “Nada más” y dos joyas de los noventa y ochenta como “Gracias por elegirme” y “Ojos de perdida” que anticipaba los bises compuestos por “María” y esos temas atemporales como “Sobre un vidrio mojado” y “Déjame” que hizo que la gente abandonase sus asientos para cantarlas de pie pues para los que ya tenemos cierta edad nos retrotraería a los tiempos cuando esos temas sonaban en buena parte de los bares de copas. Así que con la sonrisa que conlleva el recuerdo dábamos por finalizado el concierto y esta edición del Tío Pepe Festival donde tenemos que dar las gracias por sus facilidades para cubrirlo a toda la organización, a Adrián Fatou por sus fotografías y, en especial, a Ángela Gentil y Fani Escoriza por su profesionalidad y hacernos el trabajo mucho más sencillo.

Fotografías: Adrián Fatou (cortesía de la organización)

by: Jose Luis Diez

by: Jose Luis Diez

Cinéfilo y cinéfago, lector voraz, amante del rock y la ópera y ensayista y documentalista con escaso éxito que intenta exorcizar sus demonios interiores en su blog personal el curioso observador

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