No solamente es valer, sino estar en el sitio adecuado en el momento oportuno. Entiendo de música lo que pude aprender en su momento tirado en la cama con el radiocassette a toda cisquera, pero digamos que tengo cierto olfato. Más allá de la técnica, de la teoría musical o de los microgilismis digitales, la música es magia, desde el primer neanderthal que aprendió a silbar o a hacer melodías guturales como mantras, la música ha amansado a las fieras y ha transmitido sensaciones. El ejemplo más reciente fue la pandemia. Cuando estábamos encerrados en casa, cagaditos porque no sabíamos si teníamos delante el apocalipsis, lo primero que hizo la gente fue poner música, ver series y leer libros. Porque el arte es magia, nos libera, nos hace viajar y nos vuelve inmortales. Pero para que el arte que hacemos nos pague las facturas… eso es otro tema. No sirve con que seas bueno, tienes que tener suerte y la oportunidad y, si la tienes, saber aprovecharla tirando de instinto. The Grassland Sinners es una de esas pequeñas recompensas que me ha dado juntar letras destripando discos. Una banda que en otro tiempo hubieran abierto un festi para Janis Joplin, The Doors o Jimi Hendrix y que acaban de salir en los conciertos de Radio 3 en un directazo. Estuve todo el concierto con una sonrisa en mi careto adonizado, con ganas de darte un codazo y decirte: “eh, estos son mis coleguis. Los destripé yo”. El éxito o el fracaso son conceptos relativos, y más en estos tiempos, pero el trabajo, la obra, ahí queda. Eso es indiscutible. Un, dos, tres… ¡Fat!

 

 

Kill the mood. Es como arrancar una furgoneta Volkswagen hippie en las colinas de San Francisco. La canción empieza con cuatro intentonas, como si la batería y el bajo fueran el motor de arranque y el carraspeo inicial del motor, y el teclado fuese ese silbidito que da el turbo en el primer apretoncito de acelerador para que no se cale. Hay un contraste marcado entre estrofas y estribillos, en los primeros el bajo está haciendo virguerías por debajo de la línea de flotacion, en los segundos las guitarras y la batería aceleran por debajo de los coros para llevarnos a ese viaje por carretera, con el sol calentándonos los párpados cerrados al otro lado de la ventanilla. Estoy por volver a dejarme el pelo largo.

Another flavor. Son los mismos ingredientes que Kill the mood, pero sabe diferente. Es más rockero, hay más peso en esa especie de riff cíclico como una broca, justo debajo de las voces, que tienen ese espíritu setentero que quita las ganas de trabajar. Esencia Lynyrd Skynyrd en Sweet home, Alabama. Son canciones hechas para el directo.

Paradise. No pierden la esencia setentera, pero tiene un rollo más rockero, más «divertido». Por ejemplo, Are You Gonna Be My Girl, de los Jet, por lo menos en el riff principal. Me gustan esos coros alargando una vocal en el puente, porque hacen un gran contraste con la voz, y me encanta el estribillo. Es lo que decimos, música para tirar millas, para ir a un concierto o de vacaciones, sin prisas, sin mirar el reloj. Música hippie que te hace ir al hedonismo, a disfrutar la libertad.

 

 

Lady of the night. Cogidito por los pelos, pero el principio tiene ese empaque, esa épica, del Kashmir de Led Zeppelin. Una vez hemos entrado en harina, manda el riff principal. Esa guitarra es un taladro, perfectamente respaldada por un bajo que habla poco, pero dice mucho. Edu, el batería, se va a dislocar el codo izquierdo a fuerza de taponazos a la caja. Está haciendo un combo bombo-caja, como un caballo de carreras a punto de lanzar el sprint en la última recta. Tiene clase, tiene espíritu, pero esta canción lo que más tiene es fuerza.

Oh Futility. Por un momento he oído a Cobain en Smell like teen spirit, pero, cuando todo el mundo entra a pleno pulmón, recuerda a Quedate A Dormir, de M-Clan para, al final, quedarse a medio camino entre The Jimi Hendrix Experience y Bruce Springsteeno Bob Dylan en sus tiempos mozos, cuando casi lo apedrean por hacer canción de autor con la guitarra distorsionada.

She Who Must Be Obeyed. Esa batería, ese bajo… joder, puro Foo Fighters. El recientemente fallecido Taylor Hawkins podría sonar así. Cierto que siguen teniendo ese poso de la banda de Janis Joplin, y que la voz tiene trazas de Chris Martin, el de Coldplay en, por ejemplo Speed of sound, pero el alma es Grohl y sus muchachos.

 

 

Dear Mary Jane. Llevaba decenas de reseñas esperando poder mencionar a uno de los más grandes, jamás suficientemente reconocido: Fats Domino. Este tío inventó el rock and roll tal como lo conocemos. Cierto que acelero el paso del blues, pero le dio algo más, le dio alma, le dio identidad. Oír una guitarra bluesera, a lo John Lee Hooker con un piano me está poniendo el vello de punta. Vocalmente, de Jacin a Fats, hay un buen tramo, pero el homenaje, voluntario o subconsciente, es sentido.

Double Trouble. Me estoy poniendo chocho. R. L. Burnside es el más grande, y punto. Esa guitarra, bluesera pero que ácida, la batería, tirando de charles y el bajo y los teclados, reducidos a subrayar, entregados a la labor de equipo, construyen una especie de blues-rock de raíces, una especie de rock del pantano mezclado con The Doors, que termina por sonar un poco a ZZ Top.

Statues. ¿Quién dijo que el rock hay que complicarlo? Un bajo presidencial, coordinado con una batería que cada vez me recuerda más al Grohl de Nirvana, todo fuerza, todo nervio, todo energía, unos teclados a lo Lovin Spoonful en Summer in the city y una guitarra que completa un riff a lo The Smashing Pumpkins en Zero hacen una amalgama sobre la que la voz cabalga radiante. Estoy pensando en Rack Roll & the Remayteds. Cuando se conozcan estas dos bandas va a ser amor a primera vista. ¿Te imaginas a Rack colaborando con los Grassland? ¿A Jacin en una de los Rack Roll & the Remayteds?

 

 

You are the one. No es una balada facilona de las de salir en las radiofórmulas. Es un blues a medio tempo. Un Hit the road, Jack, de Ray Charles, pero con el tempo de Simple man, de Lynyrd Skynrd. No todo va a ser invocar al demonio, a veces hay que ponerse romanticoncillo.

Being me. Hay una rareza, uno de esos singles que parecen perderse en el tiempo sin el respaldo de una banda consolidada detrás, que me voló el coco. Se llama Yer Blues y la primera vez que la oí la cantaba un tal John Lennon con un tal Keith Richards al bajo. Casi nada. Esta me trae a la cabeza la versión que hizo la Jeff Healey Band. Si te pones creativo, tiene un rollo casi funk, a lo Jamiroquai, pero sin perder esa identidad rockera, de rock de festival en charco de barro.

Para los que vamos a volver a dejarnos el pelo largo y a pasearnos medio en pelotas en festivales que huelen a hierba:

Facebook https://www.facebook.com/grasslandsinners

Spotify https://open.spotify.com/artist/0KBRDPxu25No4iOqkCQ0Cz?si=FEyDnG5kSyety5t3oOYXVg

Bandcamp https://grasslandsinners.bandcamp.com/

Instagram https://www.instagram.com/thegrasslandsinners/

YouTube https://www.youtube.com/c/TheGrasslandSinners

Web http://grasslandsinners.com/

Mail grasslandsinners@gmail.com

The Grassland Sinners – Goin’ Fat

by: Teodoro Balmaseda

by: Teodoro Balmaseda

Escritor de ficción y crítico desde la admiración. Si te gustan mis reseñas, prueba 'Buscando oro' en tu librería o ebook.

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  1. Buena lista!! aunque tanto Lee Marvin como Anthony Quinn son para mí de la categoría de protagonistas... Buen trabajo Edu.

  2. Que grandes todos ellos. Para mi, el más desconocido es Anthony Quayle. Una vez más, Edu, un gran trabajo.

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