La ciudad de Pisa bien merece una visita, con su impresionante «Campo dei miracolli» y su espectacular duomo, con la catedral, el baptisterio y el mítico «campanille», ese error arquitectónico que tanta fama ha dado a la ciudad, como es la «Torre inclinada». Miles de turistas que se agolpan al día, de los que la mayoría provienen de excursiones organizadas que vienen a ver esto y se marchan. Una ciudad de paso, donde es complicado ver gente que pernocte y una injustificada fama de lugar sin más atractivo aunque posea una célebre universidad y un centro, a ambos lados del río Arno, con una singular belleza. Fácil de recorrer y con suficientes lugares con encanto.

Si uno da la oportunidad a Pisa, le será grato pasear entre sus bulevares, contemplar los sacos de refuerzo de la Segunda Guerra Mundial en los márgenes del Arno o descubrir la cocina italiana en toda su extensión. Para nuestra obligada parada para almolzar elegimos la Osteria La Toscana, ya que el término osteria define a esas antiguas casas de comida, simples, con platos abundantes y buen precio (aunque siempre se deben comprobar la carta, pues bajo esa denominación se camuflan desde hace tiempo restaurantes o lugares de más ínfulas, no en vano el mejor de Italia es la Osteria Franciscana de Módena, con sus tres estrellas Michelín y siempre altos puestos en la Guía Restaurant (llegó a ser mejor restaurante del mundo)). La Osteria La Toscana cumple los requisitos que el comensal va buscando, local pequeño con unas ocho mesas, al ser un lunes de enero al mediodía se llenó de público italiano (los únicos turistas éramos nosotros) y su ambiente era relajado y distendido. Perfecto para entrar en situación y degustar un pedazo de la gastronomía toscana, cerca (aunque no demasiado) de los principales monumentos, en la Piazza Ezio Tongiorgi.

Decidimos probar un antipasto y varios platos de pasta que acompañamos con un tinto de la casa, un vino toscano, de uva sangiovese, algo rudo que aun así cumplió con los platos principales.

 

 

 

El entrante consistió en un carpaccio de bresaola, donde el embutido curado de buey estaba bueno, acompañado de rúcula y lascas de grana padano, dejando para aliñar aceite de oliva virgen y vinagre de módena.

 

 

Un manjar que es complicado que falle, si los ingredientes son de calidad. Nos gustó y sirvió de magnífico previo a las tres pastas que probamos, todas «al dente» y con carne dentro de la receta.

 

 

El primero es toda una institución transalpina como es el taglietelle al funghi porcini, tallarines bien acompañados de champiñones y cerdo picado no superando a los ravioli rellenos de ragú de ternera con la salsa de tomate y ternera picada convirtiéndose en una alternativa más contundente y de gran sabor.

 

 

Trozos grandes con abundante relleno. Aunque el premio del día es para los pici con ragú, una especie de spaghetti más gruesos, propios de la Toscana en un guiso de tomate, vino y carne picada que fueron degustados con gran placer.

 

 

Para rematar el ágape llegó la «torta della nona» (tarta de la abuela), un suave bizcocho con una crema especial en su interior y coronada con azúcar glass, con el añadido de acompañarla con nata chantilly de verdad, no industrial de bote.

 

 

Lujos sencillos y a la altura de cualquier bolsillo que nos ofrecen estos sitios modestos pero donde disfrutar de parte del recetario clásico toscano.

 

 

 

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