Te siento dentro;
robas y esparces la linfa convulsa de mi corazón,
ese flujo que no alcanzo;
la bebes y te limpias satisfecho con la manga
volviendo a herir para que siga manando.
Te alimentas de ratones enfermos,
para indagar en los planes del destino
en nombre de lo Sagrado.
Costurero, vas tejiendo el vestido de la Muerte,
para que nadie sospeche el día del entierro
de esos animales de laboratorio;
mudos cristos a los que debemos la vida,
y esa dulce lentitud de nuestra muerte.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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