Todos, o, mejor dicho, casi todos, nos vamos haciendo hábiles en el ajedrez de la vida. Lo digo para ver si alguien se lo cree.
El ajedrez consiste en esto, en variar las opciones de salida sobre la marcha. Los menos, nos vamos adaptando a las jugadas del oponente, —o los oponentes— y cuando creemos que tenemos un camino, un mínimo horizonte que seguir, una fugaz idea de cómo y hacia dónde nos tenemos que dirigir, justo en ese momento y no después, aunque posiblemente antes, cambia la jugada.
La cuestión es pensar rápido, sobre todo cuando el oponente se queda abstraído un momento, cuando no nos mira mirando cómo le miramos.
A veces toda una vida puede ser un ajedrez, y otras, todo sucede en un frente apresurado que dialoga con nosotros en un ángulo distinto; a pesar de las piezas, al margen de los sueños, con el paso de los años, a pesar de nuestras pasiones; abandonado todo ante una pasividad que es el reflejo de un destino que nos mira directamente a los ojos y al que miramos para no perdernos nada mientras los deseos, la contradicción, la amenaza y las imposiciones nos rodean como un aire cargado.
En el ajedrez de la vida algunos quieren ser el rey, otros la reina, muchos la torre. Pero según pasan los años nos vamos quedando peón. Y avanzamos hacia un frente difuso, entre neblina, rodeados de espejismos que se convierten en jugadas para un futuro prometedor que nos han ofrecido con garantías de que al final saldremos ganando.
La mayoría de la gente pierde esas jugadas, lo abstracto que nos rellena y nos hace henchirnos. Pero los hay que pierden su pieza, sus reglas, su tablero, su juego. Y no les queda más remedio que seguir mirando cómo les miran, expectantes de la próxima jugada, conducidos por un viento que se arremolina en el estar siendo mientras siguen mirando y asimilando lo que podría haber sido su vida en otras circunstancias, en un destino fuera de las programaciones de esos príncipes que gobiernan en el Tiempo todo el tiempo.




















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