Llegué al almuerzo, ilusionado
y uno de ellos, al ver mi camiseta
me dijo: así te estamos haciendo, así.
Lo redujo todo a un caballito de mar en el pecho.
Estabas nervioso, era joven para ti,
pero mi silencio natural te incomodaba.
Algo hiciste a tu amigo de enfrente
y te tiró su copa de vino a tu camisa,
a la altura del corazón.
Yo seguía silencioso hasta la maldición
y en ese bar, me dijiste primero: vas a estar
en casa encerrado como Emily Dickinson.
Te lo pensaste, diciéndome altívamente: te vamos
a hacer famoso para ver qué pasa ahí dentro.
Observaba y escuchaba cada palabra tuya
mientras volvíamos a casa, caminando,
junto a otro escritor.
Vi cómo te encerrabas en tu discurso
huyendo hacia dentro. Y al llegar a tu portal
te despediste escapando sin dejarme hablar.
Y continué oscuramente hacia mi casa
sin pensar en nada, sereno,
bajo esas constelaciones del subsuelo.




















0 comentarios