Sábado. Segundo asalto. Volvemos.

En un recinto que ya sentimos como familiar, la gente, con su ir y venir, sus risas y sus locuras, da vida al festival.

Al entrar en la zona de conciertos la visión de los miembros de El Altar del Holocausto me impactó. Contra el calor de un Sol que nos retaba a ver si éramos capaces de superar la osadía que cometimos el viernes, al hacer que la Luna menguase por nuestros gritos, y fieles a su propuesta, no hicieron otra cosa que vaticinar qué nos esperaba a lo largo de la jornada. Una palabra: potencia.

Con Red Fang ya no hubo vuelta atrás. Si alguna vez te has preguntado por qué el Stoner mola tanto, deberías escucharlos. Y si, aún así, no te lo crees, entonces deberías verlos. Aprovechando los oasis de sombra a lo largo del recinto, aunque hubo muchos valientes bajo el Sol, no pudimos dejar de mover la cabeza una y otra vez como los perros esos que la gente ponía en los salpicaderos de los coches. “Blood Like Cream”, “Wires” sonaron a gloria. Pero ya en “Prehistoric Dog” todos lanzamos la llave de la cordura lo más lejos posible. Como le dije a un amigo mío, que en ese momento no pudo leerme ya que cruzaba medio mundo en un avión: Cómo molan Red Fang.

Tras un breve descanso me dirigí a por Rival Sons. Era obligado. Y no me arrepiento.

Es cierto que, desde hace un tiempo, estamos escuchando afirmaciones rotundas acerca de bandas de ahora que, por enfocar su estilo hacia sonidos más cercanos al pasado que al futuro (la teoría de la “Regresión del Rock” de mi amigo Carlos es muy cierta) ya son “los nuevos…”. Sinceramente, no lo comparto. En este caso concreto que nos ocupa, Rival Sons no son los nuevos “loquesea”. Son Rival Sons. Hacen lo que quieren hacer y lo hacen de puta madre. Muy de puta madre de hecho. Así que es mejor aparcar las neuronas en cuestiones más importantes (como decidir si cenar pizza o kebab) y dejarse llevar por el puro Rock’n’Roll (iba a poner puto pero ya me parecía excesivo en un solo párrafo). Si hay una forma de escribir la palabra Rock con mayúsculas, Rival Sons lo hacen en tamaño colosal. “Too Bad”, “Preassure And Time”, “Do Your Worst” y el resto del set nos volvió majaretas sin intención de reformarnos. Y eso es lo que hay.

 

 

Avanzando y subiendo en intensidad llegaron Amon Amarth. Puesta en escena. Entrega con el público. Fuego. Lucha. Melodías. Himnos. Fuego. Runas y mucho fuego. Esas son las palabras que mi mente encuentra para escribir sobre su actuación. Comenzando con uno de sus temas más conocidos, “The Pursuit Of Vikings”, nos hipnotizaron hasta que “Twilight Of The Thunder God” señalase el fin de una travesía por mares bravos de riffs y melodías que los amantes del Death Metal melódico acusamos como responsables a los dolores de cuello de la mañana siguiente. Pero da igual. Escuchar “Guardians Of Asgaard”, “Raise Your Horns” y “Death In Fire” (que me hizo transportarme a unas navidades en casa de mis tíos en Bilbao hace ya muchos años, cuando su música empezó a envenenarme) merece un gustoso collarín. Pero claro, aún no sabíamos lo que nos esperaba luego. Pero cada cosa a su ritmo.

 

 

La calma, por mera comparación, antes de la tormenta llegó de Stone Temple Pilots. Y bendita calma.

 

 

Reconozco que merezco castigo por desconocer mucho de ellos. Pero, siendo como soy un gran amante del Beyong Good And Evil de The Cult y habiendo pasado mi niñez en la época en la que el Grunge invadía las listas de videos más exitosos cada semana, en muchos momentos me encontré diciendo “pero qué buenos joder”. Prometo, cuando todo pase, saldar mi deuda y merecer el perdón. Así que, querido fan, sé bueno conmigo.

 

 

Luego ya se lío el taco. Así lo digo. Fuera metáforas y palabras biensonantes. Lo de Slipknot fue para vivirlo.

Escribirlo es no hacer justicia. No paramos de gritar, de bailar, de darle al pogo, de chillar, cantar, saltar. Eso es lo que hay que contar. No hubo clásico que nos detuviese para no darlo todo. “People = Shit”, “Spit It Out”, “Before I Forget”, “Psychosocial”, “Vermilion”, “Duality”. Una selección de temazos sin parar. Pero lo más importante, darme cuenta de que Slipknot es una banda que me ha acompañado muchos años. Anoche fui consciente de que me gustan más de lo que creía, y de que los he escuchado mucho más de lo que pensaba. Así que he de estar muy agradecido. No puedo terminar este párrafo sin copiar el estribillo de su último tema de la noche, “Surfacing”. ¿Por qué? Porque me da la gana. Fuck it all! Fuck this world! Fuck everything that you stand for! Don’t belong! Don’t exist! Don’t give a shit! Don’t ever judge me!

Para terminar los genialísimos Leprous. Música rara hecha por nórdicos. Perfecto para mí. Una demostración de lo que, en mi opinión, es el camino de evolución en el metal extremo (sí, para mí son metal extremo progresivo avant-garde). No pude dejar de sonreír con cada contratiempo, compás inusual y, sobre todo, la belleza de sus melodías vocales. Una auténtica delicia que no puedo (ni pienso) dejar de saborear.

Pensaba poner un párrafo final, pero no quiero. El gran final aún está por escribirse. Queda el domingo. Queda Tool.

 

 

 

[divider]FOTOS CEDIDAS POR LA ORGANIZACIÓN[/divider]

 

 

by: Pablo Ruiz

by: Pablo Ruiz

Aporreador de cuerdas tensadas que emiten bajas frecuencias. Interesado en la buena música y en todo lo que la envuelve. Aficionado a juntar letras con cualquier tipo de excusa.

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