Retomamos este «Rincón del gourmet» atravesando el océano y llegando a Santo Domingo, capital de la República Dominicana, en concreto a su zona colonial, primer asentamiento europeo permanente en América y donde destaca el Alcázar de Colón, situado en la coqueta Plaza de España, rodeado de agradables bares y restaurantes. Un Patrimonio de la Humanidad según la Unesco, aunque nos trasladamos a la cercana calle Hostos y a un lugar emblemático como el Mesón de Bari, uno de los locales donde poder degustar muchos de los principales platos de la cocina criolla con más de cuarenta años de experiencia, tratando el producto con mimo, creando unas recetas clásicas pero con un punto algo más «gourmet» tanto en presentación como en elaboración.

El local se compone de dos plantas y donde se nota en su decoración ese intento de refinar lo antiguo, de dotar de carácter a un enclave añejo y con historia. Hemos visitado el Mesón de Bari en algunas ocasiones y recomendamos poder comer en la planta de arriba, cosa que por supuesto hicimos. Ya sentados comenzamos con unas cervezas Presidente, que como dice su botella es el orgullo de los dominicanos, líquido que sacia la sed provocada por el calor y la humedad de la isla. Cerveza que se debe beber helada y no buscar el sabor de una artesana ni nada que se salga de los cánones de una industrial.

 

 

Iniciamos el ágape con unas empanadillas de lambí, un molusco que no deja de ser una especie de caracola marina, que hemos degustado de diferentes formas, tanto al ajillo como a la criolla, una salsa a base de tomate y cilantro. En esta ocasión nos sorprendió la receta, con las obleas hechas de yuca que combinadas con el lambí tenía un peculiar y delicioso resultado. Elegimos unos cuantos platos principales que nos permitieron comprobar el grado de preparación de la cocina, aunque todos eran de carne, dejando el pescado para otra ocasión.

 

 

El primero en aparecer fue un rabo «encendío», un rabo de vaca, res como dicen en Dominicana, presentado en un plato hondo rectangular y ahogado en una consistente salsa, bien ligada y con el carácter con que dota el cilantro a los platos. El nombre prometía un toque de picante que no notamos en ningún momento. la carne era de un tamaño menor que la que se puede comer en Andalucia pero se despegaba bien del hueso. Un plato correcto que dejaba paso al más rico de los tres, un chivo ripiado, nombre que significa desmigado, en un guiso con pimientos, donde se notaba a la perfección el sabor de la cabra y la potencia de su carne. Lo acompañamos de tostones, esos trozos de platano verde frito tan característico como complemento.

 

 

El tercero era una «bomba» calórica con el nombre de mondongo, que no deja de ser una versión caribeña de nuestros callos. Tripas limpias en un guiso de gran consistencia y con marcado golpe de cilantro. Eso acaba con cualquiera, tanto que no pudimos probar sus postres, aunque prometemos volver.

 

 

 

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