Llevo varios días sentado callado en mi rincón favorito de la barra del bar. El silencio pesa. A veces demasiado. No está siendo una buena semana. Miro a la gramola de mis recuerdos y veo dos sitios vacios, que se han movido al altar de la inmortalidad. La parca. Es vieja puta implacable que no hace distinciones y según dicen siempre es justa en su injusticia de recolectar almas. Esta vez le ha tocado a dos de los nuestros, que quizás para muchos no sean tan significativos pero que para mi representan una buena parte de mi historia, de mis vivencias, de mis buenos y malos momentos que siempre los he vivido acompañados de una canción. Lleno mi copa y la alzo al cielo. Mi brindis va por  Jose Antonio y por Diego. Por Fopiani y por Manzano. Por dos de mis héroes. Crecí con la música de Manzano. Banzai, Tigres, su propia banda. Cuantas veces escuché aquellos días el disco «Al limite de la pasión».  Tantas veces que siguió sonando después. Un tipo amable, cercano. Andaba yo dando mis primeros pasos en mi blog, con más miedo que vergüenza, que no es poco. Un desconocido como tantos que con internet reclamaban su rinconcito. Manzano no dudó en concederme una entrevista. En colaborar en un artículo que le propuse. En intercambiar unas palabras cuando terció el momento. Nunca ocultó su lucha. En parte la hicimos nuestra con las redes sociales. Sufrimos viendo como el final llegaba. Ojalá donde estés ahora estes sonriendo gran jefe. Amigo, sube el volumen de esa canción que escribiesen Ángeles del Infierno y busquemos nuestra mejor sonrisa. Ya lo dijo el otro día Salvador Dominguez. Jose Antonio Manzano querría que lo recordásemos así.

 

 

 

Y las penas vienen de dos en dos. En un par de días se nos marcha otro pionero. Diego Fopiani. Fundador de Cai, esa maravillosa banda apegada al rock progresivo que no entendió de fronteras ni de límites a la hora de componer su música. Cuantos buenos momentos. Cuantas veces sin poder cerrar la boca escuchando su «Más allá de nuestras mentes diminutas». Cuanta magia escondida trás unos acordes. Hombre de su tierra cuyas raíces le sirvieron como escuela. Maestro de maestro. Víctima de un olvido masivo para aquellos que solo viven a la sombra de una moda. Inolvidable para los que fuimos capaz de perdernos en su música. Viviendo de generación en generación. Salve amigo. Seguro que ahora tus ritmos estarán al servicio de todos aquellos que ya tomaron antes el camino al paraiso del rock and roll, aquel lugar donde los ángeles en vez de alas llevan instrumentos musicales.  Han pasado unos días, pero no sentia el ánimo suficiente para escribir ni sobre Manzano ni sobre Fopi. Ellos lo entenderán.

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