En su libro “Lacrimae Rerum: Ensayos sobre cine moderno y ciberespacio” (Editorial Debate, 2006) el filósofo Slavoj Zizek ofrece una teoría psicoanálitica lacaniana de “Picnic en Hanging Rock” (páginas 115- 120), la maravillosa película que Peter Weir dirigió en 1975, uno de los grandes clásicos del cine australiano, opinión también sostenida por Adrián Sánchez en su “La historia del cine australiano” (T&B editores, 2014), y que ha servido de modelo a realizadores como Sofia Coppola quien no puede negar el homenaje a la cinta de Weir en su fallido remake de “La seducción” 

Un argumento que mezcla el gótico, con el misterio y el drama, sumido en una atmósfera de sexualidad al borde de la explosión, propia de la etapa victoriana para narrar un extraño caso acaecido el día de San Valentín de 1900, en un colegio para señoritas de clase alta al noroeste de Melbourne, cuando las jóvenes fueron de excursión a Hanging Rock, un monumento de roca volcánica, y varias de ellas junto a una profesora desaparecieron sin dejar rastro. Un confuso enigma que nunca se pudo resolver y del que se pueden extraer diferentes conclusiones según deseé el espectador, o el lector pues todo se sostiene en un novela de Joan Lindsay. Estas serían (volvemos a Zizek) la explicación natural donde las chicas y la maestra caen por alguna grieta o abismo o son atacadas por serpientes, arañas o alguna criatura salvaje, la explicación criminal donde las mujeres serían atacadas sexualmente por algún siniestro aborigen o por los dos chicos que las siguen, la sexual- patológico dada por la represión en la que viven que las conduce a algún estallido violento entre ellas, la sobrenatural donde el monte abduce a las intrusas o la alienígena donde entran en una zona diferente de espacio- tiempo. Puntos hay para defender estas dos últimas, pues “La Roca” hace desaparecer a las que considera más atractivas, repudiando a una cuarta joven más gorda e histérica o la que aparece más tarde no recuerda nada de lo ocurrido y los relojes se paran a las doce del mediodía.

Sobre estos mimbres se ha creado la versión televisiva de “Picnic en Hanging Rock”, que en su versión española se ha titulado “El misterio de Hanging Rock”. El resultado es digno pero lejos del original. Es cierto que nos ofrece una nueva explicación al sugerir que podrían haber escapado del represivo internado y la factura técnica es encomiable, manteniendo el tono entre lo libidinoso y lo encosertado, propio de la época victoriana. La viuda Appleyard sigue siendo un personaje oscuro y se indaga más en su pasado. El problema es que no tenemos claro si hay material para seis episodios, casi trescientos minutos de metraje, pues en algunos capítulos el ritmo decae y utilizan algún recurso que no termina de cuadrar, pues en la opresión cerrada del colegio, la única tensión sexual se sugiere que es de corte

Nota: 60

lésbico y todo se sugiere en esa dirección, tanto en la cinta de Weir como en la miniserie, por lo que que una de las maestras pueda liberarse del ambiente mediante una relación heterosexual completa pierde sentido y parece una concesión al discurso mayoritario, librándose de esa pulsión entre el sexo y la muerte, el eros y el tanatos, con la que juega toda la obra.

A pesar de su correcta ambientación y sus virtudes, los tres realizadores (Larysa Kondracki, Michael Rymer y Amanda Brotchie) no consiguen que el tono llegue a la excelencia, aunque cabe decir que Weir consiguió el máximo con esos mimbres y los responsables de “El misterio de Hanging Rock” han llegado al nivel exigible con la historia y el guion, lo que demuestra la genialidad de Peter Weir al elevarse por encima de un buen guion y conseguir una obra maestra. De hecho, algún día se reconocerá a Peter Weir como uno de los grandes directores de los ochenta y noventa, recordando sus cuatro nominaciones al Oscar sin éxito (“Unico testigo”, “El club de los poetas muertos”, “El show de Truman” y “Master & Commander”) en una ejemplar trayectoria.

En “El misterio de Hanging Rock” también se sugiere; los relojes se paran , se habla del campo magnético de la montaña, aparece un extraño viento siguiendo al grupo de jóvenes y el enigma no queda resuelto, a pesar de las muertes de importantes personajes, donde tampoco queda claro (en el caso de uno de ellos) si es suicidio o asesinato. Todo con unas actrices convincentes encabezadas por la viuda Appleyard de Natalie Dormer, quien llegó a la fama con “Juego de tronos” y que cumple, como las tres desaparecidas Lily Sullivan, una actriz al alza como Samara Weaving y Madeleine Madden, acompañadas de las adolescentes Inez Curro y Ruby Rees y las más histriónicas Yael Stone y Lola Bessis. Falta protagonismo a la señorita Mc Graw de Anna Mc Gaham que como recordamos en “Picnic en Hanging Rock” desaparecía pero la última vez se la veía corriendo semidesnuda.

A pesar de la complicación de trasladar a formato televisivo una obra tan compleja como la de Weir, la serie merece un visionado y se agradece a Cosmo el ofrecerla al público español, pues para muchos estamos hablando de un “totem” cinematográfico, nunca mejor dicho.

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