A final de los años ochenta el hard rock se había convertido en el sonido de moda en los E.E.U.U. No solo lo constatan las ventas millonarias de discos y las grandes giras alrededor del país. La prueba infalible de haberse introducido en el día a día de los norteamericanos se vio constatada en el momento en que Hollywood comenzó a utilizarlo para la banda sonora de sus peliculas, especialmente aquellas que pretendían retratar tanto el sueño americano como su modo de vida. No olvidemos que nos encontrábamos en los últimos coletazos de la guerra fría y Hollywood desde décadas anteriores, actuaba como el mayor medio de propaganda occidental contra el pretendido paraíso socialista que decía representar la U.R.S.S. -en Netflix podéis ver Chuck Norris vs Communism, un interesante documental en el que proponen cómo las películas norteamericanas que se introducían y doblaban de forma ilegal en la Rumanía de Ceaucescu ayudaron a dinamitarlo desde dentro-.

Mientras tanto, en el país de la Coca Cola, tanto las emisoras de radios como la potente en esos días MTV, se rendían ante las power ballads y los estribillos milimetrados de las bandas de hard rock. La aparición de un programa en la MTV como Headbangers Ball tuvo como consecuencia que no solo el hard rock se asomase a las puertas del mainstream y lo tomase como propio sino que propuestas más heavys también reclamasen su lugar por derecho propio.

1988 había visto a Metallica grabar su primer videoclip. Aunque los de San Francisco en un principio se postularon en un grito de rabia contra las “concesiones” que llevaba implícito el éxito masivo del hard rock, los cantos de sirena terminaron seduciendo a Ulrich y Hetfield que decidían añadir metraje a “One”. El videoclip apareció en las televisiones y fue programado hasta la saciedad. El disco en el que se encontraba la archiconocida “One” era el complicado por las circunstancias “…And justice for all”. Un disco de difícil concepción porque era el regreso a los estudios de grabación sin Cliff Burton. Una grabación arriesgada que presentaba a una banda dispuesta en parte a romper con su pasado en busca de un nuevo presente. Unas canciones en las que el dolor y la ira se canalizaba en otra manera de componer, en otros desarrollos instrumentales. Un disco cuyas ventas millonarias supusieron un antes y un después. Aquel disco que era el debut de Jason Newsted al bajo y en el que prácticamente se silenciaron sus cuatro cuerdas. Metallica ya no solo era un grupo para fans del heavy metal y únicamente el reconocimiento de la industria era lo que les faltaba para afianzarse en un nivel superior.

Ese reconocimiento tenía que llegar de uno de los premios musicales más mediáticos, los Grammy. Hasta 1989 habían obviado al hard rock y el heavy metal. Pero el volumen de ventas de los discos y la popularidad de las bandas les llevó a instaurar la categoría Best hard rock/heavy metal album. Los nominados para estrenar dicho galardón fueron Metallica, AC/DC, Jethro Tull, Iggy Pop y Jane’s Addiction. El estado de forma de The Four Horsemen en aquellos momentos hacía presumir que serían los elegidos cuando Alice Cooper y Lita Ford, encargados de presentar el premio, abriesen el sobre. Se preparó una majestuosa interpretación en directo de “One” en la gala para mayor gloria de Metallica. Elektra tenía preparada unos carteles (diez mil dicen) para enviar a las tiendas de discos como promoción de “…And justice for all” en los que se podía leer Grammy Award Winners. Nadie dudaba de que serían los de San Francisco quienes pronunciasen unas agradecidas palabras a la sala. Tan segura era la victoria de Metallica que aquella noche los Jethro Tull de Ian Anderson estaban dando un concierto dentro de la gira en la que presentaban su, en ese momento, último disco en estudio “Crest of a Knave”. Así que Anderson no iba a estar presente en el Shrine Auditorium de Los Angeles (cuentan que Chrysalis le dijo a Anderson que no se molestasen en ir porque era perder el tiempo). Por cierto, a modo de anécdota, en la carpeta interior del disco “Seventh son of a seventh son”, Steve Harris lucía una camiseta de “Crest of a knave”.

Llegaba el momento. Imagino que Hetfield, Ulrich, Hammet y Newsted repasaban mentalmente sus discursos. Sin desmerecer a ninguna de las bandas nominadas, pero nadie puede negar u obviar que en esos momentos Metallica estaban en lo más alto. Lita Ford y Alice Cooper estaban prestos a anunciar el ganador. El gesto de sorpresa en sus rostros hizo sonar las alarmas. The winner is… Jethro Tull. El auditorio comenzó a abuchear la decisión de The Recording Academy. Corrieron ríos de tinta en la prensa que acertadamente indicaba que Jethro Tull no eran una banda de heavy metal y señalaban el alejamiento del Comité de Selección de los Grammy de lo que se cocía tanto en los medios como en los gustos de la época. Anderson declaró que aquel premio se lo tomaba como un reconocimiento a su carrera y su compañía discográfica buscando la oportunidad de introducir a la banda en el mercado del hard and heavy invirtió en publicidad en Billboard con un anuncio que decía que la flauta  es un instrumento de heavy metal. The Recording Academy decidió curarse en salud para siguientes ediciones y dividió la categoría en dos. Mejor interpretación de hard rock y mejor interpretación de metal. ¿Y Metallica?. Pues decidieron tomárselo con humor y lanzar una nueva edición de “…And justice for all” con una pegatina en la que se leía Grammy Award Losers.

 

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