Justo cuando había publicado mi lista con los mejores discos de 2018, un colega me descubre Smote Reverser de Oh Sees y me obliga a modificarla irremediablemente.

El californiano John Dwyer es el cerebro privilegiado que se esconde tras de Oh Sees, Thee Oh Sees, OCS, o como demonios quieran llamarse. Este californiano empezó perpetrando un rock garagero, rápido y salvaje que ha ido creciendo como si se tratara de una gran célula que va incorporando todo aquello que encuentra a su paso. Dwyer ha editado una veintena de discos en 20 años de carrera, algunos dentro de su propio sello Castle face records.

Smote Reverser es el mejor trabajo hasta la fecha de Oh Sees (bajo todas las variaciones de su nombre) o, al menos, el que a mí más me ha convencido. Cierto que el hecho de que Dwyer edite discos como churros resta impacto a cada una de sus propuestas, casi no da tiempo de digerirlas, pero este Smote reverser bien merece unas cuantas escuchas. Tras una horrorosa portada (esa bestia interdimensional que parece sacada de un relato de H.P. Lovecraft hace pensar que estamos ante un trabajo de heavy metal) se esconde algo muy distinto. Dwyer no ha mutado hacia el metal, sino que ha dirigido la nave hacia el centro mismo del sol. Smote reserver es un compendio alucinógeno de rock psicodélico, punk, Krautrock, jazz-funk y garage. Todo ello aderezado con una sección rítmica que funciona como una apisonadora y un gusto exquisito por lo mejor de los años setenta. La inevitable influencia de la Santa Trinidad del rock (Led Zeppelin, Deep Purple y Black Sabbath) está presente pero también la de los Pink Floyd de la era Syd Barret. Esos viajes siderales me recordaron a The piper at the gates of dawn (1967) o A sarceful of secrets (1968). Hasta se intuye la influencia de los primeros Santana. Los teclados de Brigid Dawson y los solos de guitarra de Dwyer parecen sacados de una jam session me acaban fascinando. Nada suena impostado, todo suena auténtico, a una banda que busca evolucionar en su sonido tras 20 años de carrera y no teme experimentar ni sorprender.

El inicio con Sentient Oona me dejó descolocado, no me esperaba algo tan etéreo y oscuro. Escuchar Enrique El cobrador, me supone otra grata sorpresa, una gran canción atemporal: oscura, violenta y bailable. Los 12 minutos de Anthemic Aggressor no pueden ser más evocadores del mejor jazz-rock de los setenta aunque sin sonar a pastiche o mera imitación. La salvaje Overthrown emparenta con los trabajos anteriores del grupo, por suerte el resto del disco va por otros derroteros. Me gusta Abysmal Urn mientras Nail house nedle boys me parece un blues parido en el infierno. Las baladas (o algo parecido) Moon bog y Last Peace son viajes cósmicos a través del sonido de la guitarra de Dwyer. El disco acaba con Beat quest cuyo final parece un descarte de los mejores Genesis (los de Peter Gabriel, of course).

¿Entonces? Doy por buena la arriesgada y ambiciosa propuesta de John Dwyer de seguir avanzando sin rumbo fijo. Esta vez ha mutado en un monstruo pesado que sobrevuela amenazante nuestras ciudades. Al final, la portada no era tan equívoca.

 

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