Andaba apoyado en la barra de bar cual decadente y barriobajera versión del Pensador de Rodin, tratando de poner orden mental sobre los temas de actualidad de los que escribir en esta sección. Por un momento pensé en mostrar mi opinión sobre Vox pero luego recordé que en casa me educaron versando mis conocimientos en la consulta a Espasa e Iter Sopena por lo que decidí dar carpetazo al asunto. Un segundo mas tarde me prestaba raudo a disertar sobre como estamos acabando a pasos agigantados con el sentido del humor de manera que al final se te vuelve en contra de tanto agitar las aguas. Pero una conversación espontánea en dicho momento con un músico amigo me devuelve a la realidad que más interesa en esta publicación que me cede su espacio para que mi codo docto en barras de bares escenifique sus pensamientos. Posiblemente no lo soy en la vida cotidiana pero respecto a mis ideas de como debe ser la actitud en la música seguro que muchos pensaréis que estoy anquilosado en el pasado. Me da igual. Estos son mis principios y si no te gustan siempre estaré abierto al debate pero no a cambiar de camisa por contentar a nadie. Como decía, hablo con músicos que entre oleadas de pasión me cuentan las vicisitudes de un negocio duro por naturaleza que cada vez asemeja más la posibilidad de éxito mediático al espacio contenido en el ojo de la aguja. Pero que a pesar de los pesares lo seguimos amando.

La música tiene su aprendizaje que no solo se compone de conservatorios o clases particulares. También es parte fundamental el local de ensayo y las tablas que dan la carretera y por que no, esas salas medias vacías. Las piedras del camino forjan el destino y permiten saborear más las victorias incluso cuando no sean aparentes. Vivimos tiempos en los que nadie espera que después de un concierto se te acerque alguien con un contrato discográfico y una gira mundial en el bolsillo. Muchos grupos ven como su avance no se corresponde con su talento. Como se le cierran incomprensiblemente puertas que se abren para otros pero siguen luchando. Como no se forja la gloria es haciendo cola en la puerta de un plató de televisión. Quizás haya quien piense que la cima se corona desde un reality show donde lo realmente importante son los índices de audiencia. Concursos donde al final cantar no es lo más importante. Donde la movilización en las redes sociales o la capacidad para provocar emociones al espectador se imponen al talento. No he perdido nunca mi tiempo con programas como OT o La Voz. Tampoco voy a criticar a aquel que se sumerge en su historia. Cada cual con su tiempo hace lo que le da la gana y no debe explicaciones a nadie. Este año por mis redes sociales ha rondado información de uno de esos programas. Que participase alguien próxima a círculos rockeros echó a rodar la rueda. El sentimiento de pertenencia a veces se impone. El de agradar también.

Pero la experiencia nos dice que muchos de los concursantes de este tipo de programas terminan como juguetes rotos. En el rock somo así y luego muchas veces nos pueden los perjuicios. Es lo que hay. Todo el mundo es libre de tomar su destino pero luego debe aceptar que dentro de las reglas del juego también vienen las criticas por muy gratuitas que las pueda considerar. Siempre he considerado este tipo de programas un espejo que refleja promesas rotas. La edición de este año es un claro ejemplo. Ya han anunciado que no habrá próxima. Al final están aquí para ganar pasta aunque digan que es para crear artistas. Los concursantes tendrán sus cinco minutos de gloria antes de que la selección natural conformada por la corta memoria de cierto publico haga la criba. Y luego que. Yo lo tengo claro. Seguiré gastando mi tiempo frente a un escenario aunque solo haya cuatro locos alrededor. Quien pretenda tomar el camino de la exposición pública ante las cámaras como atajo, desearle suerte pero que no espere mi reconocimiento.

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