No creo que haya sido un año flojo. Me ha costado confeccionar la lista, pero la culpa es mía. Le he dedicado a la música menos tiempo del habitual y he descuidado las novedades, exceptuando imprescindibles y recomendados con insistencia. Una vez recopilados y ordenados, todos estos nombres me ayudan a repasar cada momento del año en que, una y otra vez, he refrescado la evidencia: que el rock siempre será uno de mis mejores compañeros.

 

MEJORES DISCOS DE 2018

 

1. Alice in Chains – Rainer Frog

Estamos ante el mejor disco de la segunda vida de Alice In Chains. Las melodías depresivas, la rabia y la fuerza espiritual de las canciones está al nivel de sus clásicos. Los cuatro miembros respiran a gusto en las composiciones de Cantrell, que se mantiene a un nivel superlativo: hay mucha guitarra, infinitas armonías vocales y una base rítmica gruesa y densa. Pero, sobre todo, hay grandes canciones.

 

 

 

 

 

 

2. Rue Brothers – All my shades of blue

Un tapadillo de libro. A pesar de estar producido por Rick Rubin, no había encontrado referencias a este disco hasta la aparición de infinitas listas de lo mejor del año que, yo, sí considero útiles. De otra forma me habría perdido esta joya repleta de influencias primigenias, una voz que recuerda a Roy Orbison y composiciones tan variadas que lo convierten en inclasificable. Tras la portada de superventas de gasolinera se esconde un conjunto de canciones divertidas, bellas y elegantes, hasta arriba de arreglos que no dejan de excitar al oyente sorprendiendo cada pocos segundos. Sólo espero que se le preste la atención que se merece.

 

 

 

 

3. Lucero – Among the Ghosts

Tras All a man should do tenían el listón tan alto que el mayor fan podía perder la fe en ellos, pero la consistencia de su discografía habla por sí sola. En Among the ghosts continúan donde lo dejaron en el anterior, haciendo sonar sus historias desde lo más oscuro de América, como si estas canciones las cantase un talentoso camionero entre ciudades industriales de cuyo nombre nadie ha oido hablar. Porque sí, ahí también hay belleza, como la hay en una voz rota, en los acordes menores y en los ritmos pesados.

 

 

 

 

 

4. Greenleaf – Hear the Rivers
Tras seguir de cerca a decenas de bandas y atestiguar sus crecidas y decrecidas, uno aprende a valorar y disfrutar de los grandes momentos de estas. Se desarrolla cierta habilidad para detectar cuando un grupo está en la cresta de su propia ola. Es el caso. Con una formación estable y un cantante entregado a la causa, en Hear The Rivers Greenleaf han plasmado no sólo algunas de sus mejores canciones, que suenan como bombardeos, sino también algunos de los mejores temas de stoner rock del año (“Sweet is the sound”, tela). Rifes desérticos, un bajo imperante y melodías tan sombrías como divertidas a un ritmo constante, machachón, adictivo. Para ponerse las pilas.

 

 

 

5. Jayhawks – Back Roads and Abandoned motels
Tras su irregular anterior trabajo de estudio, dado el resultado, queda claro que ha sido buena idea rescatar y regrabar estas rarezas. Arropadas por una producción nítida, exquisita y adornadas con las armonías de siempre, la americana de los Jayhawks vuelve a brillar en este álbum como antaño. Es una nueva confirmación de los estribillos que convierten canciones agradables en temas adictivos, narraciones amargas en dulces dolorosos recuerdos.

 

 

 

 

 

 

6. Temperance Movement – A Deeper Cut
Rock and roll de otra época al nivel de otra época. El carisma arrollador de su vocalista, Phill Campbell, un sonido de guitarra estratosférico y elegancia inglesa. La banda demuestra en su tercer disco que son maestros tanto de lo festivo como de los bailes agarrados, pues las baladas destacan tanto como los temas más rápidos. A Deeper Cut es uno de tantos motivos para dejar de quejarse de falta de relevo de generacional y hacer algo útil al respecto: apoyarlos, disfrutarlos, dejarse empapar por su talento.

 

 

 

 

 

7. Old Crow Medicine Show – Volunteer

Tal es la cantidad de canciones de calidad de Volunteer que los Old Crow hacen que parezca fácil construirlas. El más puro sonido americano, las raíces de toda una cultura, a golpe de instrumentos de cuerda y guitarra eléctrica. Melodías tradicionales a tutiplén, diversión y, cuando menos te lo esperas, velocidad de vértigo. He aquí una nueva entrega de una banda que siempre hace sonreír e clave tradicional.

 

 

 

 

 

 

8. Morgan – Air

Parece mentira que un grupo pueda alcanzar plena madurez en un segundo álbum. Air se compuso durante la gira de North, en la carretera, en hoteles, sobre la marcha. Parece mentira. Sobre las exquisitas composiciones de Nina, arrolladora en su labor vocal en todo el álbum, los arreglos de toda la banda transforman unos temas que, desnudos, ya deben sonar a hit. Influencias de Pink Floyd a Daft Punk en un disco que suena orgánico gracias al mimo y la paciencia con la que, como ellos mismos insistían, lo han desarrollado, resistiendo al dejarse llevar por un éxito sorprendente.

 

 

 

 

 

9. Corrossion of Conformity – No Cross no Crown
El pepinazo que todos esperábamos del regreso de Pepper Keenan. No hay lugar a la decepción, si bien tampoco para la sorpresa. En esta celebrada reunión ofrecen lo que mejor saben hacer, gruesas canciones y melodías pantanosas que, pasadas por el filtro de la voz de Keenan, crecen. Aquí están los mejores riffes que han compuesto en muchos años envueltos en una producción que da protagonismo a una distorsión tan espesa como el fondo de un pantano.

 

 

 

 

 

 

10. A Perfect Circle – Eat the Elephant
El tercer álbum de A Perfect Circle es tan lírico, contemplativo y bello que, sinceramente, me importa un carajo lo comercial que sea. Como todo en lo que trabaja Maynard, gana con cada escucha, pues está repleto de detalles que desentrañar. A diferencia de los anteriores, este entra con más facilidad a primera escucha, pues las melodías son más suaves y hay más luz que sombras y la belleza emerge sin complejos de entre arpegios y melodías de piano más directas, si bien seguimos hablando de A Perfect Circle: hay que sumergirse en su música. Puede que en Eat the Elephant haya más en la superficie pero, de nuevo, hay que naufragar. Lo mejor está en el fondo.

 

 

 

 

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