En una escena de El reino, un camarero anda distraído repasando los cabezas de cartel del festival de Benicasim y se equivoca al dar los cambios a un cliente. El camarero le devuelve el cambio y además el billete que el cliente le había entregado. El cliente se da cuenta y también el personaje de Antonio de la Torre. Ninguno dice nada. El espectador asiste a la escena sin poder influir en ella pero nos queda la duda de que muchos de nosotros tampoco hubiéramos dicho nada. Ante un hecho así de leve es habitual mirar hacia otro lado. Cualquiera hubiéramos hecho lo mismo. O no.

El reino me gustó mucho no por su magnífico retrato de la corrupción política en nuestro país, sino por su inteligente mirada hacia el espectador. La pregunta es ¿somos tan distintos de los corruptos que copan las portadas de los periódicos? De haber estado en una situación similar ¿Hubiéramos actuado de igual modo? Es más: ¿Cómo podemos exigir pulcritud y transparencia a nuestros dirigentes si nosotros mismos hubiéramos hecho lo mismo? Además, ¿Cómo se explicar el éxito electoral de ciertos partidos implicados hasta las ingles en tramas de corrupción? Está visto que la corrupción sale barata tanto política como judicialmente mientras se ha convertido en un mal endémico de este país nuestro (o lo que sea) que nunca deja de sorprendernos. Lo único bueno de la corrupción (como de  la guerra) es que es un todo un filón para directores con talento como Rodrigo Sorogoyen.

 

Sorogoyen e Isabel Peña se sirven de situaciones de sobra conocidas por los periódicos (registros domiciliarios, partidos que cierran filas, viajes a Andorra, grabaciones ocultas y libretas con anotaciones de pagos ilegales) para armar un guión sin fisuras. Sin necesidad de nombrar nunca a un partido en concreto ni una comunidad autónoma, no es difícil para el espectador reconocer de quienes está hablando Sorogoyen. Más que centrarse en una trama de corrupción, El reino se centra en la huida hacia delante de un imputado (o investigado que se dice ahora) al que sus compañeros de partido dan de lado. Las comilonas y las fiestas se tornan en caras largas y evasivas. Ya se sabe, la victoria tiene muchos padres y la derrota es huérfana. La verdad es que el film atrapa desde el minuto uno y tiene un ritmo endemoniado. Sin embargo, en su tramo final Sorogoyen pisa el acelerador e imprime un ritmo frenético, casi tanto como el personaje del genial Antonio de la Torre, que acaba por angustiar al espectador. A todo ello contribuye la anfetamínica música electrónica de Olivier Arson. Escenas como la del chalet, el balcón o el despacho son de una intensidad inusitada que me pusieron los nervios a flor de piel. Cabe destacar el brillante trabajo de Antonio de la Torre, Barbara Lennie, Josep Maria Pou y Luis Zahera.

Tras las excepcionales Stockholm y Que Dios nos perdone, Rodrigo Sorogoyen demuestra que es un joven autor muy a tener en cuenta.

Por cierto, podéis encontrar Madre, el corto de Rodrigo Sorogoyen candidato al Oscar, aquí.

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