Hora y lugar convenidos, y yo apoyado contra una farola, garabateando en el cuaderno el orden de las canciones, con mis apuntes y mis esquemas. Aparece Nacho a pie. Buen apretón de manos, hablamos un poco de todo en el poco rato que le cuesta aparecer al coche. Coordinación perfecta, Iván a pie al otro lado de la calle mientras David al volante y Marcelo de copiloto paran a unos metros de donde estamos.

—Teo, querido, ¿todo bien? —se ha convertido en una especie de fórmula de saludo que me saca una sonrisa.

Apretones de manos por doquier, un par de paridas, abrigo al maletero y vamos de camino. Como cada vez que tengo que escribir algo, tengo una idea en mente, un germen desde el que empezar.

“Lo esencial es invisible a los ojos”. Lo dijo Antoine de Saint-Exupèry, autor de El principito. Más allá de la superficie, hay un componente invisible que hace que las cosas funcionen… o no. Me explico: ¿Alguien ha visto una oferta de trabajo donde diga “el jefe es un becerro”? ¿Al segundo corbatas se le va la pinza un huevo? ¿Trabajarás rodeado de trepas? Tendría que tener un plus en la nómina, las pagas prorrateadas, el plus de productividad y el bonus por mal ambiente de trabajo.

Con una banda no es tan diferente. Al fin y al cabo, son cuatro tíos encima de las tablas: batería, bajo, guitarra y voceras-guitarra rítmica. Sobre el papel, cuatro nombres, una foto y un disquito, sin más. Es cuando al conocerlos, al tratarlos, al bajarlos del escenario cuando asoma ese componente invisible que da tridimensionalidad a Bicho Z. La dinámica interna de la banda, no en un sentido estrictamente musical, es la interacción entre dos bloques: Víctor y Marcelo, rockeros veteranos curtidos en mil batallas y por otro lado David e Iván, más jóvenes, más enérgicos. Bicho Z podría ser el reino de las novatadas cabronas, y tener al límite a los jovencillos, a ver hasta donde aguantan, o también podría ser la dictadura del tiempo, donde la frase más bonita que se oiga sea “quita, viejo, que ya lo hago yo”. En cualquiera de los casos, seguiría siendo el componente invisible, serían los mismos nombres, la misma foto y el mismo disco, y todos los sufrimientos y los desplantes se quedarían de puertas para adentro del local o del camerino.

Por eso lo esencial es invisible a los ojos, porque ese componente humano completamente intangible es lo absolutamente imprescindible en la banda, y me atrevo a afirmar con rotundidad que la banda caerá el día en que ese elemento invisible desaparezca, o perdurará hasta el fin de los tiempos si ese factor inefable se fortalece.

Si tengo que ponerle una etiqueta: fraternidad. Más allá de la conexión musical (ya entraré en eso), es la conexión emocional entre los componentes, el espíritu de equipo, y la inquebrantable voluntad anexionadora de cada uno. Soy escritor, el más bajo estrato del artisteo, igual de prostituido que el periodismo, pero con la mitad de visibilidad, y encima desconocido. Cuando estoy con ellos, soy uno más. Marcelo, Víctor, David, Iván, Nacho… nada más lejos de mirarte por encima del hombro, todo lo contrario, se ponen por debajo y agradecen cada letra que tecleo, cada gestión que intento y consiguen que algo tan desagradecido como buscar repercusión en los medios (mi éxito está más o menos en dos de cincuenta), me haga sentir orgulloso. No es un “me alegro por vosotros”, es un “me alegro por nosotros”, me siento parte de cada paso que dan.

 

Nevada mediante (menuda primera impresión me llevo de la provincia de Segovia), y con un buen rato a menos de cuarenta por hora con el culo de la quitanieves tirándonos ráfagas de los rotativos, aparecemos en la sala. Y ese componente intangible vuelve a asomar. Carlos Troncoso, Charly Rock And Roll, de radio Vallekas, entrando con los músicos de la otra banda allá en la sala, y yo soy tan membrillo de no reconocerlo. Las fotos de Facebook son pequeñas, yo soy gilipollas… todo influye un poco. Hombre, siendo positivos, es una buena manera de romper el hielo. Charly es otro de esos tipos que te hace la vida fácil. Allá va, te hace fotos, se adapta en horarios… siempre una sonrisa en la cara, siempre animoso y un “es que me molan un huevo, tío, los venía escuchando en el móvil y buah” que me llega al alma como si lo hubiera compuesto yo.

Juan Amores, uno de los mejores fotógrafos musicales que ha dado el rollo, está el primero antes de pillar la primera entrada. En dos años no hemos cruzado ni una docena de frases, y lleva uno el temor de tener la relación fría y muerta. Todo lo contrario, como si hiciera un par de días que nos vimos. Todo lo que ilustra este texto lleva su firma.

Un curioso intercambio de impresiones en la puerta del bar con Charly y Juan, riéndonos los amigos comunes que tenemos, Boo Devils, Suevicha… y en un parpadeo, me estoy poniendo en posición. Pablo y Elías, en la mesa, me dejan un rinconcito donde poder tomar mis notas y me ponen un flexo que me da la vida. No sólo por el flexo, esa luz es el respeto al que está trabajando, que la música no sólo son punteos y pirotecnia.

 

 

 

BICHO Z EN DIRECTO. SALA STARVING (MADRID). 19/01/2019

 

Víctor ha llegado un poco tomado (en la prueba se le ve algo corto de voz), pero sabe hacer de tripas corazón y, además, esa adrenalina que le dan los focos lo lleva en volandas. Una presentación de unas pocas palabras y al lío.

Corazón naranja. En recintos cerrados y con espacios reducidos, el bombo de Marcelo es el fin del mundo. Víctor parece salido de un unplugged, con la voz aún más rasgada de lo habitual. Iván, luciendo el chaleco que Rob Zombie le robó a Willie Nelson, lanza un punteo desgarrado hasta el tuétano, como si el mástil de su Fender fuese a desprenderse en cualquier momento. Al entrar los coros en los estribillos, con un Víctor aún más ronco, la riqueza de la parte vocal se acentúa aún más. Marcelo, renunciando al espectáculo de misiles a los platos que ofreció en el BEC, convierte la parte rítmica en un giro en pos de la eficiencia.

Apuesta fuerte. Aunque sigue recordando a Extremoduro, pero también tiene un rollo en el arranque a las estrofas de Fue 24D… ¿Y qué?, de La venganza de la abuela, un proyecto paralelo del Drogas mientras andaba en los Barri. Con la batería reducida a la mínima expresión, sin adornos, Marcelo hace que mis entrañas y la sala entera vibren a su compás, jugando con los timbales. De las pocas concesiones que lo sacan de charles cerrado, bombo y caja, Marcelo nos obsequia con dos piñazos a los platos en medio del estribillo que ponen la sala a levitar. Que tus besos me saben a miel / y tu sonrisa me enloquece / El deseo me dice otra vez / que te agarre fuerte. Canción para coger a la/al churri de la mano… o de donde se deje.

Polvo. Habiendo repasado la versión original decenas de veces en los últimos días, y compartiendo algunos componentes en las formaciones, las comparaciones son inevitables. La original era un guiño al hard rock, a las guitarras pesadas. Esta pierde un poco de octanaje en las cuerdas para ganar melodía, el bajo y la voz asumen el menor protagonismo de la distorsión, mientras que Marcelo, con más bombo que en la original, se muestra poderoso, más monolítico.

Mejor haciendo trampas. Todos tenemos una canción que nos pone chochos, y la mía con El Cuarto Verde es ésta, aunque la versión de Bicho Z la complementa. Víctor, que ya se ha visto en otras parecidas, cuando siente que las cuerdas vocales lo pueden dejar tirado de un momento a otro, explota su faceta showman. Gestos al respetable, guiños, aspavientos a cada verso… todo para conectar con las primeras filas. Tirando todo lo que tiene… ¡qué voz Víctor! He estado a medio latido de subirme al escenario a corear esto, parón instrumental incluido: Ya sé que yo no soy mejor que tú / pero ni quiero serlo. Estos versos, pese a no ser míos se los quiero mandar con mucho cariño a Eduardo Mendoza, que dijo que Kafka no sabía escribir. La ciudad de los prodigios no vale un carajo y no espero a que lleve fiambre casi un siglo para decírselo.

Como un niño. El bajo, presente en el disco, en la sala Starving se vuelve colosal, un motor vibrante por debajo de la línea de las guitarras. A Iván, que me ha pasado más desapercibido en los primeros temas, se le ve hiperestimulado, entre punteos y coros no da abasto. Ahí viene ese componente invisible del que hablaba. Cada vez que la canción se lo permite, Víctor saca esa dinámica a los focos, con David, con Iván, con Marcelo. Girándose todos hacia la batería como si fuera un ensayo y con                                                                                                                esas sonrisas que se esbozan sin pensar.

Ciegos de luna. Ante una batería no tan ostentosa como en el BEC de Barakaldo, David se carga el peso melódico de la banda a las espaldas, con las guitarras tirando acordes sueltos o punteando. Marcelo, más osado a la hora de probar cosas nuevas, vuelve por sus fueros tirando de plato en vez de charles en las estrofas y a cañonazo limpio en las transiciones. Para ser poesía, en un recinto íntimo suena contundente.

Frío. Muy inteligente la inclusión de versiones en el setlist y el discurso: Leño y Alarma se separaron después de una gira con Miguel Ríos. Ahí lo dejo (yo no, ahí lo deja Víctor, a mí que me registren). El público tira de patria chica y se deja la garganta en cada estribillo. Marcelo es la definición física del rockandroll, labios apretados, baquetas bien sujetas y leve movimiento de espalda, como un ciclista que se encuentra con un repecho traicionero. Atrás quedan los kilómetros, los calambres y los dolores, es el momento. Víctor encima de los monitores, iluminado como una aparición de la virgen: ¡Vamos, hostia!

 

 

Sal a la herida. Alegato a favor de las bandas que componen su propio material. En un mundo lleno de negros literarios y bandas tributo, aún quedamos gente que ponemos la obra por encima de todo… incluso del éxito. Vítores de la sala entera. El patrimonio musical más grande que tiene esta banda es el contraste voces-coros. Con Víctor apurando lo que le queda en las cuerdas vocales, los coros de Iván forman una especie de súper voz mestiza que propaga a los cuatro vientos cómo es perderse en un mercadillo del placer, como un moderno The house of the rising sun, de The Animals.

Cada bocado. Aquí vienen los pesos pesados. Pongo en situación: le regalo a mi madre una camiseta de los Bicho Z que tiene un par de versos en el diseño y le enseño la canción, para que ponga las palabras en contexto. A mi madre no le gustan los guitarrazos, pero se la quiere poner de tono de llamada. ¿Se puede llegar más lejos que eso como músico? A Víctor se le escapa un “Hoo haa”, que lo como el Chimo Bayo del Rock And Roll y lanzan unas guitarras a todo trapo de esas que no hacen prisioneros. Con ese espíritu numantino, pensando en William Wallace o del protagonista de Réquiem por un campesino español, de asumir la derrota, pero vender la pelleja bien cara, ese Si lo importante está perdido morderé todo en cada bocado hace que la Starving vibre por los aplausos.

Camino. He hablado de Víctor, que si canta así, que si toca asá, que si la banda… pero no he dicho palabra de sus habilidades como letrista, y esta canción merece una pausa. Despreciado a pesar de los años, del trabajo mostrado de mi fiel voluntad… escritores despreciados por editoriales y olvidados por agentes, músicos sin nombre que no sacáis ni para combustible, fotógrafos que tenéis problemas para acreditaros en las movidas, ¿en serio no os identificáis? Será el nuevo himno de los artistas desheredados, y con la mano en el corazón, con la bandera superpuesta a mi careto, como en las olimpiadas. Iván ha sentido que salen los tanques a la calle. Se le sale la cabeza con cada acorde y pone su voz al límite con cada da igual. Que mejor colofón que Este es mi camino, el que hago al andar, este es mi camino… aunque no me lea nadie.

 

Metacrilato. Ese ritmo trotón de la guitarra y las variaciones de un Marcelo que se esfuerza por vencer el cansancio acumulado ponen al galope la sala. El bombo hace que el corazón me lata del revés, primero el ta y luego el ti. Charly y Juan, en primera fila, se dejan alguna foto de hacer por cantar, y Rafa J Vegas pierde ese porte solemne y regio por un momento para corear los estribillos. No está bien así, esto a mí me hace astillas / algo hay que estoy haciendo mal, y no consigo entender. Estos cuatro son puro rock. Ningún arruinado se arruina y ningún perdido se puede perder. Verdades en verso.

Agradecido. Van a poner el colofón tirando de Rosendo, que ante el público madrileño asegura unos buenos coros. Marcelo arranca la locomotora y la Starving se viene abajo. Víctor sigue con sus trucos de showman, buscando al interacción con el público hasta que ha llegado a un nivel interesante de respuesta con el avance de los temas. La última imagen que tengo en las retinas es un Iván sobre los monitores y medio cegado por los focos y enajenado por la canción.

 

Y se nos escapa como agua entre los dedos. Dejan de ser los Bicho Z para volver a ser mis colegas, abrazos, paridas, y un viaje de vuelta matador. 4.33 a.m. cuando mi culo y mi colchón se reencuentran. Un poco sordo y hecho polvo, pero con una sonrisa bobalicona en la cara y la satisfacción de algo que ha salido perfecto.

 

REPORTAJE DE JUAN AMORES

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sobre El Autor

Escritor de ficción y crítico desde la admiración. Si te gustan mis reseñas, prueba 'Buscando oro' en tu librería o ebook.

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