Desde primera hora estoy nervioso. No estoy anticipando una desgracia venidera, estoy con esa intranquilidad de saber que es un día especial y esperar el resultado. Caminamos a paso vivo hasta el lugar y hora convenidos. Buen momento para caer en la cuenta de que no los he visto nunca en persona, lo que me hace colocarme en la esquina como una suricata, mirando en todas direcciones.

Hay un tío con una guitarra a la espalda que se acerca a un coche aparcado a treinta metros de donde estoy. Malo será.

—Pero, ¡si llegáis pronto! —nos dice Nacho nada más vernos. Miro el reloj. Casi un cuarto de hora antes, premio para el cagaprisas.

Primera parada, al local a cargar. Es imposible meter más trastos en menos espacio. La batería, los amplis, los cabezales… banderas por todas partes. Me estoy muriendo de envidia. El trabajo de escritor es solitario, me siento, entro en mi rollito zen y espero que suceda la magia, pero poder estar en un sitio así canijo, entre los cuatro, sacando un estribillo que se resiste, o hablando un rato después de ensayar… esa especie de creatividad colaborativa me produce admiración sólo de intuirla.

 

 

Sacamos un par de amplis. No pesan mucho, pero dan miedo.

—Éste vas a flipar —me dice Iván con su sempiterna sonrisa—. Se le pone el cabezal en rojo y… buah.

Pues eso, buah.

Llega Marcelo en la furgo, y nada más apearse va a abrazar a Nacho y a Iván. El conductor sé quién es, aunque no nos han presentado.

—¡Teo, querido! —Marcelo me lanza un abrazo que resume esa fraternidad del rock&roll. Estoy sonriendo como un pazguato porque tengo la sensación de ser parte de la banda y llevo diez minutos con ellos.

—David. Encantado, tío.

—Coño, tú eres el bajista.

Me llama la atención David, cuando le hablas se queda callado y te mira directamente a los ojos, como si estuvieras a punto de dar una lección magistral.

—Bueno, vamos a jugar al Tetris —dice Marcelo mientras Nacho se sube a la parte trasera de la furgo.

—Mis manos a vuestro servicio (homenaje a Rafael Alberti, nacido tal día como hoy, cuando puso su pluma al servicio de la república) —me apresuro a decir.

En dos minutos está todo preparado, sólo queda cerrar la furgo.

—Ahora viene lo difícil —dice Marcelo—. Hay que revisar que no nos dejamos nada.

Y arrancamos viaje. Por la autovía es casi una hora menos de camino, y mucha más tranquilidad. Pues hala.

—Esta es la parte principal del oficio de musico —dice Nacho mirándome a través del retrovisor—. Mitad conducir y mitad esperar, y en el ratillo que sobra, montas, pruebas y tocas.

Con hora y media larga por delante, hablamos un poco de todo, sobre el curro, los orígenes de nuestras familias, que tenemos sangre de todas partes corriendo por nuestras venas…

Momento Paco Martínez Soria. Conocía el Bilbao Exhibition Center, pero creía que tenía un pabellón. Tiene por lo menos cinco, y entrar es lo más parecido que veas a entrar en el sarcófago de Tutankamón. Que si al aparcamiento, que no, que es arriba. Espera, que pone accesos, no, dice algo de mercancías. Estamos en una especie de hangar, pero no hay ni un vehículo salvo una ambulancia.

—Si se pudiera aparcar, había coches —dice Nacho. Yo me limito a seguir la marabunta, pero con la sensación de llevar una gallina atada con una lía y la boina a rosca porque no me entra el cabezón.

Un tío saca medio cuerpo por la ventanilla de un microbús.

—¿Vais para Rosendo? Seguidnos, que es por allá.

 

 

Se nos abren las puertas del cielo. Coche aparcado y listos para descargar. Vamos entrando al pabellón (digo vamos entrando porque los pasillos son un paseo, y el pabellón en si es una barbaridad es como todo mi barrio debajo de un techo). Víctor anda por ahí, saludando a montadores y demás tramoyistas. También nos saluda con afecto.

—¿En serio vienes de Coruña?

—Sí tío.

—A las dos y pico de la mañana terminaron ayer, y para las siete más o menos, ya estaban en marcha —añade Nacho.

—¿Y cuánto os ha costado? —pregunto perplejo.

—Son cinco horas y media, pero que el viento nos hacía bandear y hemos tenido que parar un poco… unas seis horas.

O sea, Logroño-La Coruña, montas, acabas a las dos y media, sales a las siete y seis horitas a Bilbao, y todavía queda montar y dar el bolo. Me dan ganas de montarlo en la camilla, encerrarlo en el camerino y que nadie haga ruido en las próximas tres horas.

A Víctor se le nota cierta tensión, pero es energía acumulada, porque no puede ocultar que está feliz, que esto es su salsa.

Entramos en el camerino (al fin y al cabo, somos parte de la banda) y Víctor muestra su personalidad. Con su mejor sonrisa, nos mira a los ojos dice con solemnidad.

 

 

—Estáis en vuestra casa. Tenéis comida, el frigo con bebida, el baño, también tiene ducha…

Tiene eso en común con Marcelo, te hacen sentir de la familia en un minuto. Ahora la presión está cambiando de bando. Anda que, si no me pinta el boli, anda que, si me quedo sin palabras, después de cómo me están tratando… o hago una crónica que sea una birria…

El cartel es BichoZ + Rodrigo Mercado + Rosendo, y las pruebas de sonido van al revés, así que mis amigos probarán los últimos. El oído inexperto (y yo tengo dos), cuando oye “Rosendo llevará como a ocho o diez personas de su gente y la productora igual pone otras cien” y piensa: “ese trabajo tiene que ser un chollo” … Hasta que lo ve. Chencho el de las luces chillando que nadie le pruebe más baterías, Ventura el de los monitores que llega hasta el cien probando micros, al bajo le pasa algo que no acaba de sonar (ha dado treinta veces la misma nota, yo la oigo igual, pero se ve que no), y en las cinco pantalla que hay de fondo, en cuando se muestra el logo de BichoZ le da un tabardillo y salen cosas rarísimas. Y yo en un rinconcito flipando. Con la tontería, llevaremos hora y pico probando, entre unos y otros, y por fin aparece Nacho a paso vivo.

—A comer, vamos todos juntos.

La prueba de sonido ha resultado balsámica, se les notaba un poco nerviosos (van a tocar con un sistema que no habían usado nunca), pero se les ve contentos. Ahora estoy yo más nervioso que ellos. Estoy empezando a bilocar a estos chicos. Por una parte, están los Bicho Z, la banda, mis coleguis de Facebook, pero ahora tengo delante a Marcelo, David e Iván (a posteriori descubrimos que Víctor se quedó sin comer), que cuentan anécdotas de cómo grabaron De un bocado, del técnico del estudio, de algún otro bolo que han dado por ahí…

De vuelta al BEC. A poco terminamos en Irún con las acreditaciones de las narices… En fin, bien está lo que bien acaba. Uy, que empieza, veo de refilón a Marcelo subiéndose a su máquina de dar cera…

 

BICHO Z EN DIRECTO. BEC! (BILBAO) 15/12/2018

 

Todos los de la prensa con unas cámaras del copón, y nosotros con el móvil… y un par de cojones. Los medios son sólo eso, medios. La clave está en el esfuerzo. He encontrado un rinconcito cojonudo donde puedo apuntar mis cosas y, apenas me he apoyado, Bicho Z empieza su descarga.

 

 

Corazón naranja. Los primeros trallazos de la batería unidos a las guitarras son el apocalipsis. Los bafles tiran tantísimo que noto el cerebro vibrando dentro del cráneo. En cuando empieza la melodía principal me vuelvo al público y veo una marejada de gestos sorprendidos, y algunos valientes que empiezan a saltar/corear/berrear… la batería de Marcelo, sin mucho artificio, sin decoración ni edulcorantes, bombo y caja poderosos, las guitarras duras, un bajo sobrio que mantiene unido el sonido y el ingrediente secreto. El duelo voces-coros van a marcar el futuro de esta banda.

Apuesta fuerte. La primera ha pasado tan pronto que la gente levanta aplausos tímidos. Analizándolo a posteriori en el camerino, no es algo malo. Bicho Z había dejado el BEC en shock. Creían que iban a ver a cuatro matados y acaban de recibir un misil en plenos oídos. Empiezan con una guitarra sola a lo Extremoduro y derivan a un rock más clásico, con cierta reminiscencia a los Barri. La voz de Víctor, que no llega a ser ronca, pero sí está levemente rasgada es puro rock, de ese proto-rock que derivo del blues. Rosendo también tiene un par de temas que responden a ese concepto. Cuando el tema cambia de tercio, pasando del charles a los platos, Marcelo emerge desde la zaga como Beckembauer, una locomotora capaz de cargarse la banda a las espaldas. Un par de toques al charles, y siguiente tema.

Polvo. La gente me hace sonreír. El charles casi no se oye… de los aplausos. Habiendo escuchado sólo una vez el tema original de Labuela, mi valoración sale del directo, y creo que fue el momento de David. Sin grandes alardes, sin excentricidades, sobriedad en la sala de máquinas de los BichoZ, llevando una melodía que me recuerda a las estrofas de Polly wants a cracker, de Nirvana.

Haciendo trampas. ¿Tendrán las bandas ese momment d’1aure que comentan los fotógrafos? Ese zenit, el día en que todo sale perfecto… BichoZ, la banda, en este momento no los conozco de nada, se están acercando a eso. La gente se les está empezando a entregar.  Tema original de El Cuarto Verde, basado de un tema de los Jimmy Eat World, cada verso del estribillo empieza con un Ahhh ahh que logra la inmediata conexión con el respetable. A partir del segundo estribillo, todo Bilbao (hasta Ventura el de los monitores, que lo he visto yo) berrea a coro con ellos. Ahhh ahh será mejor si gano haciendo trampas / Ahhh ahh ni tú n yo, tan sólo mi artimaña / Ahhh ahh cuídate bien, mis armas son palabras / Ahhh ahh No tengo dios, mi instinto es el que manda.

 

 

Como un niño. Los silbidos y los aplausos suenan tan fuerte que retumban dentro del pecho (literal y metafóricamente). El comienzo tiene un aire a Corazón naranja, pero en directo es mucho más duro que la versión de estudio. Ha ganado mucha crudeza, sobre todo el combo batería-bajo, que son un rodillo debajo de la Epiphone Wildkat de Víctor (una obra de arte, entre la LesPaul clásica y una Gertsch muy currada) y la Fender Telecaster de Iván (del estilo a la de Sprinsteen). Marcelo se ha especializado en poner las tildes a los estribillos a base de platos, y les está funcionando.

Ciegos de luna. Con el aura de un poema canallesco, es lo más parecido a una balada que esta banda nos puede ofrecer. Sin perder la distorsión, denota que el comienzo, la composición, se ideó con guitarra acústica y voz y el resto de los instrumentos han ido fortaleciendo el resultado. El principio, los veinticinco primeros segundos, podrían usarse como sintonía para los partidos del Logroñés (que nadie hará ni caso, pero ahí lo dejo).

Sal a la herida. Versión de Entredientes. Víctor lanza una arenga defendiendo a las bandas que componen su propio material y arranca el apoyo del público, que jalean sus palabras con vehemencia. Están entre los Extremoduro de la inmortal Salir y los Marea de La Rueca. Otra vez los coros. Lo digo, lo repito y me lo tatúo si hace falta. Sin grandes adaptaciones, de una forma orgánica y natural, la voz rota de Víctor y la de Iván, un poco más aguda, más pop, logran hacer bueno eso de “un conjunto es más que la simple suma de sus miembros”. Esta noche me vuelvo a perder / no me busques tras esa pared / he vendido mi alma allá en un mercadillo del placer… ¿Soy yo o suena a poesía? Poesía callejera, urbana… lo que sea, pero poesía.

 

 

Cada bocado. La tenía asociada con los comienzos (no en vano abría el disco), y cuando vi el setlist tuve dudas, pero el público me las ha disipado de un plumazo. Siguen el ritmo con manos al cielo y cabezas cimbreantes. Qué barbaridad lo que se estaba viendo en el BEC. Sobre las cabezas de la banda, cinco pantallas gigantes que, vistas de frente, dan la ilusión de unidad. Pues esa gente con la que habíamos compartido mesa, esos que, aunque no funcione nada te sonríen y que te reciben con abrazos sin conocerte, logran sobreimpresionar el logo de la banda y mezclarlo con imágenes del propio concierto, como si fuera el videoclip de Zephyr song, de los Red Hot Chili Peppers, o como esos videoclips psicodélicos de los sesenta.

Camino. La gente está alucinando. Y yo también, aunque hay una pelirroja en la primera fila que me está mirando con cara de pocos amigos. Claro, un tío entre los bafles venga a tomar notas, habrá pensado que soy de la SGAE y vengo a alegrarles la Navidad. Camino es una versión de La abuela, antigua banda del frontman, que ha dejado cierto poso en BichoZ, y además se ha adelantado a su tiempo. Se le puede considerar predecesora instrumental a las estrofas de una de las mejores canciones que han dado los Barri, Pétalos. Seguramente llevado por la euforia y la adrenalina (hay que estar allí, a ciento veinte pulsaciones), Marcelo se olvida del charles y le tira zambombazos a todo lo que brilla y tiene a tiro. Aprovechan para presentarse y recibir su pequeño baño de masas. Se lo tienen más que merecido.

Metacrilato. El buque insignia para el final. La guitarra rítmica da un riff, pequeño punteo y entran Marcelo y David imprimiendo un ritmo infernal. No está bien así, esto a mí me hace astillas / algo hay que estoy haciendo mal y no consigo entender.

 

 

Se me ha pasado en un parpadeo. No puedo creerme que ya se haya pasado, y la gente tampoco. Aplauden a rabiar, y quieren más. Pero esta banda son el trabajo en equipo. Saludan y tratan de guardar cada segundo en la retina, pero se retiran al momento, y empiezan a desmontar a toda prisa para facilitarle el trabajo a un tal Rodrigo Mercado, que teloneaba a su padre.

En un momento vamos para el camerino con la banda, y hay un señor de Carabanchel que debe ser bastante bueno dándoles la enhorabuena. Yo estoy en la puerta y recibo un buen apretón de manos del jefe (vale, momento fan histérico en plan “Rosendo, fírmame un pecho, pero me consigo contener).

Una vez solos, la nos recibe entre abrazos, como si estuviésemos celebrando un gol (mi pregunta es qué cojones he aportado yo para que estén tan contentos de tenerme allí). Están como chiquillos con una sobredosis de azúcar, hiperactivos como la parodia de los Simpson a Trainspotting.

Toca Rodrigo, sale su padre, a la tercera anda jodido de la voz, tira de pundonor para terminar y aquello se queda vacío en un pedo. Abrazos y más abrazos (esta gente da mucho amor), me dicen cosas muy bonitas, que están honrados de que haya compartido esta experiencia con ellos, que les gusta lo que hago (lo que necesito, que me inflen el ego) … y de vuelta a casa. Las tres y pico de la mañana, un pitido en los oídos que para haberme matado y un dolor de cabeza que me va a durar hasta después de muerto, pero una sonrisa en la cara y cierto “orgullo de equipo”, más que un “me alegro por vosotros”, es un “me alegro por nosotros.”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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