La vida es en color pero la realidad es en blanco y negro. Son tantas las historias que se cruzan
y se descruzan; nunca crecemos, sólo aprendemos a comportarnos en público, o ni siquiera eso.
En la mayoría de los hombres, la conciencia no es más que una anticipación de la opinión ajena.
La multitud siempre permanece en la infancia, ay. Son tantas las vidas, las historias, los destinos
que permanecen anónimos, que pasan sin pena ni gloria…

 

– Pero tú para qué quieres ver, Homero, explícamelo, anda, que yo me entere.

– No sé, cuando podía ver y mirar me sentía más cómodo, todo era más fácil y hermoso,
hasta más dulce.

– Ya. Puro hedonismo. En eso eres como tu padre, un cáncer de pulmón y, ay, que no puedo
respirar, ay, que dolores más atroces… pues claro, alma cándida, en eso consiste, precisamente,
un cáncer de pulmón.

Sois unos hedonistas.

– Pero si me has preguntado tú, Agencia, que yo no me quejo.

– No te quejas pero como que quieres quejarte, que te conozco como si te hubiera parido. Total,
para lo que hay que ver. Además, antes de quedarte ciego ya tuviste tiempo de verlo todo y, si
quieres que te lo diga, está igual que siempre, un aburrimiento.

– Mira, Agencia, si te vas a quedar más tranquila te diré que no quiero ver nunca más, que estoy
encantado de haberme quedado ciego.

– Si al final siempre acabas entrando en razón, Home. Más quisiera yo que quedarme ciega y no
volver a ver este cochino y sucio mundo. Anda, acércame el mando, que me voy a pasar toda la
tarde tumbada en el sofá, haciendo zapin.

– No lo palpo en mis alrededores, Agencia.

– Lo malo no es que seas ciego, sino que además te lo haces, hedonista, más que hedonista.

– Agencia.

– Dime.

– El 7897, llevo la suerte. Por qué no me compras dos numericos más.

– Siempre igual. Anda trae, trae que tú venderías a tu madre.

Son tantas las hermosas historias de amor y de odio, de rencor y de aburrimiento entre los sencillos
seres humanos, toda esa gente anónima que va y viene, ay. La vida es en color pero la realidad es en
blanco y negro.

 

 

por Narciso de Alfonso

 

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