El club de la lucha (Fight club)

Publicado el 01/12/2017 | por Luis Cifer | Cine
Valoración
75

Estimulante propuesta cuyo radical mensaje sigue vigente a día de hoy.

“Si estás leyendo esto, el aviso va dirigido a ti. Cada palabra que leas de esta pequeña letra inútil, es un segundo menos de tu vida. ¿No tienes otras cosas que hacer? ¿Tu vida esta tan vacía que no se te ocurre otra forma de pasar estos momentos? ¿O te impresiona tanto la autoridad que concedes crédito y respeto a todos los que dicen ostentarla? ¿Lees todo lo que te dicen que leas? ¿Piensas todo lo que te dicen que pienses? ¿Compras todo lo que te dicen que necesitas? Sal de tu casa, Busca a alguien del sexo opuesto. Basta ya de tantas compras y masturbaciones. Deja tu trabajo. Empieza a luchar. Demuestra que estas vivo. Si no reivindicas tu humanidad te convertirás en una estadística. Estas avisado…”.

De El club de la lucha (Fight club, 1999) se ha dicho de todo. Desde que es un batiburrillo hueco, una oda a la violencia, un alegato fascista, una elegía del anarquismo o un manual de budismo moderno. Fight club puede ser todo eso y mucho más. En mi opinión fue la primera película del siglo XXI. Basada en la desquiciada y psicótica novela homónima de Chuck Palahniuk, la película de David Fincher (quien por entonces ya había rodado Alien3 y Seven) es tan transgresora hoy como lo fue en su día. Han pasado casi 20 años y dudo mucho que ningún gran estudio quisiera financiar un proyecto así de arriesgado en la América de Trump. Quizás por eso mismo es más necesario que nunca revisar Fight club.

¿De qué va Fight club? ¿Dónde reside su idiosincracia? El narrador (nunca se dice el nombre del personaje de Edward Norton) sufre de un pertinaz insomnio que está haciendo peligrar su cordura. Lleva una vida aburrida, vive en un apartamento que paga gracias a un anodino trabajo en una aseguradora. Su vida es gris, demasiado gris, y carece de sentido. Lo de tener un trabajo para pagar las deudas y los muebles de los que se encapricha no le satisface. El consumismo le ha acabado produciendo un profundo sentimiento de vacío. Busca algo más que poseer cosas que no llevan a la felicidad. Busca sentirse bien, no sentirse dirigido por un consumismo sin sentido. Busca no ser un número, un cordero dentro de un rebaño. Y desea volver a dormir regularmente. Por todo ello acude a terapias de grupo para afrontar cánceres que no padece. Así siente que hay alguien realmente  más desdichado que él. Y encima con motivos. Allí conocerá a Marla Singer (Helena Bonham Carter), otra paria social que acude a terapias que no necesita. En ella encontrará a su amarga media naranja.

Pero la vida del narrador cambiará radicalmente cuando conozca a Tyler Durden (un Brad Pitt magnífico en todos los sentidos), un tipo realmente fascinante. La principal afición de Tyler es insertar fotos de penes en las películas infantiles provocando un efecto subliminal en la audiencia. También vende jabones que el mismo elabora con la grasa que roba de las clínicas de liposucciones. Tyler les devuelve a las ricachonas sus enormes culos transformados en pastillas de jabón. Reciclar es el futuro. Tyler es independiente, no parece sentir afecto por nadie y es más listo (mucho más listo) que la media de personas que viven encerradas dentro de la jaula de oro del capitalismo. Tyler arrastrará a nuestro amigo el narrador hasta un oscuro submundo de peleas y auto destrucción. Para Tyler no tiene sentido buscar el sentido de la vida. Todo es mentira, nada vale realmente la pena. Nihilismo puro. Tyler tiene claro que la sociedad crea unos miedos y unas estúpidas normas morales para mantener a los corderos dentro del redil. Tyler es mucho más que un loco elocuente, es un terrorista decidido a acabar con la sociedad empezando por su propio cuerpo. La autodestrucción es la respuesta. Tyler quiere imponer su nueva doctrina a base de explosivos caseros.

David Fincher (Seven) imprimió un ritmo vertiginoso al film logrando que atrape al espectador desde el principio y no te suelte hasta el final. Fincher usa magistralmente todo tipo de trucos narrativos, sonoros, visuales y hasta digitales para plasmar el caótico universo de Palahniuk: flashbacks, saltos temporales, efectos digitales CGI, la omnipresente voz en off, etc. La fotografía en tonos verdes y su anfetamínico montaje han sido imitados hasta la saciedad desde entonces. Por cierto, para la fotografía de Fight club se inspiraron en los fluorescentes verdes de las tiendas 7-Eleven.

En su día me dejaron impactado frases como “Lo que posees acabará poseyéndote”, “Compramos cosas que no necesitamos con dinero que no tenemos para impresionar a gente que no nos gusta”, “Únicamente cuando se pierde todo somos libres para actuar.” ,”La publicidad nos hace desear coches y ropas, tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos.”, “Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos. No hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seriamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock, pero no lo seremos y poco a poco lo entendemos, lo que hace que estemos muy cabreados.” ,“Un instante es lo máximo que se puede esperar de la perfección.” o “Todo lo que alguna vez amaste te rechazará o morirá.” Puede que toda esta cháchara nihilista no tuviera ningún sentido y que su extrema violencia estuviera tan cerca del fascismo como del anarquismo, ya sabemos que los extremos acaban coincidiendo, pero no podemos negarle a este  inconexo discurso algo de mérito.

De todo este brutal y anárquico torbellino que escupe ideas e imágenes sin parar, cabe destacar ciertas escenas como la que ocurre en la oficina del jefe, los discursos, las escenas inicial y final (que no dejan de ser la misma) y un largo etcétera de momentos difícilmente olvidables que se quedaron grabados a fuego en mi mente hace casi dos décadas. Sólo pasados 2 tercios del film baja algo de ritmo, pero es momentáneo, un paso atrás para tomar carrerilla hasta un sorprendente final (también imitado innumerables veces). Un final que nos hace preguntarnos quiénes somos realmente y qué parte de nuestra personalidad es impostada. Todos deseamos ser otra persona o, al menos, mejorar ciertos aspectos de nuestra personalidad ¿o no? Todos tenemos aspectos que nos gustaría mejorar. ¿Seríamos mejores personas si superáramos nuestros complejos? ¿No sería más fácil aceptarnos como somos antes que mostrarnos ante los demás como algo que no somos? ¿Qué pasa si nos inventamos una personalidad que sea tal y como nos gustaría ser a ojos de los demás?


Fincher gastó 50 millones de dólares en una película que es toda una patada entre las piernas del capitalismo y la sociedad de consumo. Aún no entiendo cómo un gran estudio se decidió a financiar una película así en 1999. Lástima que la corriente puritana que asoló a Hollywood (y al mundo entero) tras el 11-S hiciera que otros films transgresores se quedaran en el tintero. Por suerte, Fight club se rodó a tiempo. No olvidemos que en una escena de esta película un edificio se derrumba de forma bastante parecida a la que lo harían las torres gemelas dos años después. Me temo que tras el 11-S hubiera sido imposible rodar un film así. Tras el estreno Chuck Palahniuk dijo adorar la película por respetar e incluso expandir el universo de su novela. Palahniuk dijo recibir cientos de cartas de personas preguntando donde encontrar clubs de la lucha como los de su novela. Sin embargo, recientemente ha editado en cómic una segunda parte ( Fight club 2). En dicho cómic Palahniuk critica ciertos aspectos del film como la modificación del final o el cambio de la frase “Quiero tener tu aborto” por la mucho más tolerable “No me habían follado así desde el instituto“. Recomiendo la lectura del cómic a quienes les gustara el film.

1999 fue el año de blockbusters insustanciales como Matrix o La amenaza fantasma pero a mí me atrae mucho más la propuesta formal y de fondo de Fight club. Han pasado los años y sigo pensando que Fight club es un film tan divertido como subversivo.

Sobre el autor

Luis Cifer, nació en la ciudad del viento en el seno de una familia de joteros aunque nunca le interesó la Jota. Se dice que siempre viste negro, que Luis no es su nombre real, que no duerme apenas y que no sabe leer la hora. Otros dicen que tiene un trabajo decente e incluso que es padre de familia, pero no hay nada confirmado. También se le puede encontrar en su blog de cine.

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