MONEY MONSTER: Maniqueísmo en el S.XXI

Publicado el 23/07/2016 | por José Luis Díez | Cine
Valoración
50

COL_BILL_TEMPLATE_21La primera sensación al salir del cine tras ver Money Monster es que apenas ha cambiado nada en siglos, los postulados que ofrece la cinta son perfectos en estos tiempos donde los valores son intercambiables, el infantilismo de la sociedad es cada vez más poderoso; solo hay que ver esa pléyade de hombres adultos buscando como posesos seres imaginarios a través de la pantalla de su teléfono móvil por los rincones más populares de las grandes ciudades o comenzar una discusión cualquiera donde al primer comentario fuera de los límites de lo políticamente correcto o de los dictados de su ideología intransigente espetan cualquier exabrupto, cerrando el más mínimo análisis o intento de mayeútica, desde el punto socrático, como es evidente, y así jamás se puede llegar al intento de llegar al conocimiento de la esencia. Pero así está el mundo, nada cambia y todo vuelve al origen en un constante eterno retorno y así no es normal que casi todos los planteamientos que podemos ver en una pantalla no busquen crear más preguntas, sino ofrecer una serie de respuestas donde el bien y el mal quede claro y los buenos sean muy buenos, de integridad y valores incuestionables y los malos, seres codiciosos y abyectos que solo destacan por su cobardía y falta de escrúpulos. Lo mismo que desde el siglo III ofrece el persa Manes en el ámbito de la teología, llamado “maniqueísmo”, basado en la clara distinción del bien y del mal sin términos medios y que hoy anega buena parte de los herederos del pensamiento posmoderno predominante.

Y eso es lo que destila “Money Monster”, un maniqueísmo recalcitrante y unas ideas cuanto menos inquietantes, pues parece notorio que Jodie Foster ha decidido que su combate contra el capitalismo es bueno y justo y por lo tanto cualquier método es lícito y aceptable, aunque este sea secuestrar y colocar un cinturón de explosivos al culpable de su mal. Peligrosa argumentación, pues por esa regla de tres, quien puede negar la misma conclusión al Ejército Islámico, la E.T.A. en sus años más sangrientos, Hamas, Hezbola o cualquier otro grupo terrorista en la conquista de unos valores y una verdad que ellos consideran incuestionable. La diferencia con otros largometrajes de corte similar o con el terrorismo clásico es que aquí el que actúa lo hace en solitario, fórmula que están adoptando esos modernos salvajes como hemos podido ver con los apuñalamientos de israelíes, ahora copiado por otros colectivos o el reciente atropello masivo con vehículo pesado en el paseo marítimo en Niza. No es la primera vez que se defiende el principio de Maquiavelo “El fin justifica los medios”, pues de esta idea bebía todo “El Padrino” (1972), aunque filmado con un gusto que solo un elegido como Francis Ford Coppola podía dar, manejando su trama entre argumentos brumosos, moviéndose entre las sombras del pensamiento y de la fotografía de Gordon Willis, no hace mucho “V de Vendetta” (2005) de James Mc Teague proponía una dura pregunta: ¿es lícito el terrorismo para derrocar a un tirano?. Cuando la solución es elegir entre el bien y el mal, todo es mucho más sencillo y fácil para elegir. Y en nombre de esa justicia se pueden cometer las mayores barbaridades, como se han cometido y se cometerán, laminando y humillando al adversario, cuando no eliminándolo. Jodie Foster se deja llevar por esta corriente al plasmar en imágenes la historia de Jim Kouf y Alan Di Fiore, a los que no les niego buenas intenciones pero en nombre de las buenas intenciones están plagados los cementerios o fosas comunes de la historia. Por fortuna el “libreto” no tiene el talento del de Coppola y Mario Puzo o de la nóvela gráfica de Alan Moore y no creo que trascienda a la sociedad, pues todo en ella es previsible y las situaciones son mecánicas y no están plenamente desarrolladas, limitándose a ofrecernos una clase de ideología sin contenido.

Los personajes son meros arquetipos, desde el joven estafado por un programa de televisión económico que quiere defender al resto de afectados, secuestrando al presentador y pidiendo explicaciones al alto ejecutivo. Desde el principio se nos ofrece al “chaval” como un buen chico al que la ruina que le han dejado los poderosos no le ha ofrecido más remedio que acabar con esta radical conclusión, y desde ese mismo punto de partida, sabemos que no tiene intención de matar a nadie y que solo busca justicia y publicidad. Otro punto debatible, pues siempre me ha hecho gracia como se justifica algunas barbaridades y conductas delictivas, centrándose en el aspecto moral, el ejemplo más claro que he visto es en “Buenos días, noche” (2003) de Marco Bellochio que trataba sobre el secuestro y asesinato del líder democristiano Aldo Moro, narrado desde el prisma de los asaltantes de las Brigadas Rojas, cuando en toda su filmografía siempre había narrado a los asesinos como gente sin escrúpulos ni moral y a los represaliados comunistas como mártires plenos de valores. Eso mismo hacía con enorme talento Bertrand Tavernier en su magistral “La carnaza” (1995) con tres casi adolescentes a los que un simple robo en el domicilio de un rico se les escapaba de las manos, acabando en un espantoso crimen. En “Money Monster” no hay el talento de Bellochio ni de Tavernier y el horroroso guion solo lo salva la modélica dirección de Jodie Foster que por lo menos consigue que su hora y cuarenta minutos tenga ritmo, mezclando los planos en 35 mms., con otros con otro grano, más televisivo yesos planos de la pequeña pantalla basados en la astracanada, los “ruiditos y lucecitas” y, de nuevo, el infantilismo, aunque sea un tema serio como es la economía. En España todavía no ha llegado en este ámbito pero sí en el de las tertulias políticas donde se utiliza ese mismo ritmo, videos de sonrojo, más próximos a un programa de humor que a una noticia seria e invitados y comentaristas cercanos al “frikismo”. Ahí cumple George Clooney que hace de George Clooney y una Julia Roberts que parece la reencarnación de Buda en la tierra, con tanta integridad y bondad, junto con Jack O´Connell, con un papel histriónico que junto a los secundarios de cartón piedra consiguen que por lo menos lleguemos al final sin ningún bostezo, por lo que hay que alabar el trabajo en la edición de Matt Cheese.

En este cuarto film de Jodie Foster parece que la doble ganadora del Oscar a la mejor actriz (“Acusados” (1988) de Jonathan Kaplan  y “El silencio de los corderos” (1990) de Jonathan Demme) quiere narrar más de lo que le ofrece el guion, una descarnada crítica al capitalismo y como se aprovecha de la gente (palabra tan de moda en la actualidad), desde el complejo de millonaria que no sabe como pedir perdón por el “pastizal” que ha ganado. Lo hace bien y con ello consigue que “Money Monster” consiga el aprobado “raspado, uno de esos títulos donde la forma salva al fondo. Su trayectoria está jalonada de este tipo de críticas a la sociedad y al modo  de vivir del mundo occidental, desde el niño prodigio con problemas de adaptación en “El pequeño Tate” (1991), en mi opinión su mejor película, la familia desestructurada de “A casa por vacaciones” (1995) o ese canto al espiritualismo y los nuevos gurús que nos cambian la mente y nuestro pensamiento en “El castor” (2011). No estaré de acuerdo con su planteamiento ni con su forma de ver la vida, el no tener que pedir perdón por ser multimillonario puede influir, pero prefiero este intento de narrar cosas interesantes, aunque sea fallido, que la cantidad de “pelis” con efectos especiales como únicos protagonistas o donde el plano- contraplano o secuencias que duran un nanosegundo es la forma de entender el cine de sus creadores. Eso sí que son “ruiditos y lucecitas”.

Sobre el autor

Cinéfilo y cinéfago, lector voraz, amante del rock y la ópera y ensayista y documentalista con escaso éxito que intenta exortizar sus demonios interiores en su blog personal su blog el curioso observador

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