Si nos mirásemos los unos a los otros justo antes de dormir, mientras, rodeados de esa resignación, cerramos los ojos y nos olvidamos de todo, nos amaríamos más. Descubriríamos el verdadero peso de nuestra soledad. Pero en ese momento nadie mira. Justo en ese momento, menos la luna.
En esos momentos hacemos un repaso de nuestra situación con las armas de mantenernos con vida abajo. Y oscuramente el ciudadano de nuestra ausencia se palpa la cara, la voz, los papelitos.
No hay una sola soledad. Sí se podría decir que la gran Soledad es solo una. Ese abrazo que recoge la existencia de todo lo visible y dentro de la cual hay muchas soledades, cada una con su propia sola soledad.
Pero vayamos a nuestra soledad, la propia, mucho tiempo acompañada sin ser conscientes de que está sola. Como una relación de pareja que dura toda una vida en unos años, y que, al margen de las distintas soledades que en ella se puedan sentir, despertamos a su condición en ese mismo instante en que nos quedamos realmente solos, ocultos, a veces soñando mientras solos nadeamos la nada sonrientes, como si no pasara nada, como si tal cosa.
Cada astro tiene una distancia con los otros que lo mantiene alejado. Pero hay una invisible conexión que los une en el intrincado de ese abrazo de la madre Soledad. Aunque nosotros, cuando nos quedamos solos, desconectados de la vida aun dentro de la atmósfera, comenzamos a padecer las impurezas de un aire que se filtra a través del cristal roto de nuestro casco de astronauta.
Entonces comienza ese existir sin existir, el ensayo de la muerte; ser, sin buscar a nadie ya. Ignorar a cualquier ser humano; dar solo los buenos días falsamente mientras los arquitectos de nuestra soledad trabajan incansablemente. Y quedamos superficialmente unidos, profundamente distanciados. Raza de gandules, ya sin procrear.
Bien, probaré de nuevo: tranquilamente esta vez. Claro, a todos nos gusta la luz que lame la puerta del varadero vertiendo azúcar sobre las piedras. Como si un mensaje quedara por cosechar, un papeleo de ti para mí. Y nos dábamos por perdidos. ¿Cuántas veces no nos habremos rendido, desesperados, sólo para que el tiempo nos recuerde lo firme de su compromiso con nuestro bienestar o la falta del mismo?
El nacimiento espontáneo de los hijos de una patria, son los fuegos artificiales que dibujan la órbita de nuestras soledades, ese camino donde nunca nos encontraremos. Y la Tierra, entonces, se vuelve un parque de atracciones cuando no hay nadie; sin el desmedido entusiasmo de los niños.




















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