El teléfono del universo está deseando tener nuevos oyentes. Primero espera a que el bulto de la desesperación de agrande en soledad, para así estar más dispuesto a coger esa llamada. Una llamada que inicia la conversación interminable de tu vida. La ramificación neuronal hacia el absurdo.
Empieza con algo así como un… sabemos decirte. A lo que el poeta contestaría, yo tengo la respuesta. O, si te quieren convencer, malo. En este caso te cuelgan enseguida. Sin embargo, los que atienden esa llamada comienzan un diálogo en el que con el tiempo puede parecer que incluso están defendiendo a los suyos en una guerra interminable que sucede en un ángulo diferente y de la que salen airosos porque el teléfono calla siempre ante las ocurrencias del interlocutor para que se crea airoso, es decir, lleno de aire.
Muchos son los que descuelgan ese teléfono de noticias cósmicas, pero el poeta está entrenado en el pensamiento crítico, en la deducción autónoma. El poeta piensa por sí mismo porque va tras la verdad detrás de la verdad, algo que incomoda a los del cable.
Hubo un poeta que le dijo al destino, ¿por qué no me encuentras en lo alto de un poste de teléfonos, reparando las líneas que van de ciudad a ciudad? El problema, los problemas, son creer que es Dios el que está al otro lado de la línea. Uno debería reconocer enseguida, por el contenido, por el peso de la conversación, que es una copia de Dios la que contesta a nuestros requerimientos.
Pero estamos tan ilusionados con el hecho de que alguien nos conteste en medio de la penumbra del alma, que, con fervor, contamos nuestros padecimientos por si acaso, por si algún día se nos concede el favor de que terminen. Si nos portamos bien, claro, no como esa copia de Dios.
Si embargo el poeta en lo que cree es en los ríos sin nombre, en las piedras que yacen bajo las aguas de esos ríos. En todos los órganos que inventan su cuerpo cada día. En su rebeldía, en su agotamiento, en su desgobierno. Cree en la aceleración política, en la celebérrima maldad de la Historia. Cree que las nubes le aman. Cree en la noche, en la prolongación de la bondad de los muertos en cuyas tumbas la lluvia cae tercamente.
Decid todos, creo en las confesiones de los presos políticos chinos, en esas descargas eléctricas que convierten sus cuerpos en un eccehomo que es anterior, simultáneo y posterior a Cristo. Creo en los que se ahogaron en los mares nadando bajo una luna incompasiva. Creo en que debo ser amado siempre por todas las cosas y todos los seres. Creo en que he amado demasiado y demasiadas veces no he sido correspondido. Creo en Dios, en un Dios distinto al vuestro, no infinitamente mejor sino infinitamente distinto al vuestro, sarracenos.
Creo en la infelicidad del Universo.



















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