Al señor de las intenciones le molestan las malas intenciones. Por eso es él que las crea a su beneficio, para así, nunca tener nada que ver en el asunto, en los asuntos de esta vida triste en espiral que nos rodea.
Seguramente en su día metió la pata, y se le fue la mano, y, desde entonces, su conducta es una mentira continua para salvaguardar su imagen, su puesto en la vida, algo que tiene caducidad, aunque parece que él no lo tiene presente, no es algo que esté dentro de su intención.
El señor de las intenciones te miente, pero te promete con fervor, que esta va a ser la última. De esta manera convergen malas intenciones que rompen los lazos con la vida, con los que queremos. Claro, claro, el sentido de todo esto es ¿madurar? Una cosa es no depender emocionalmente de nadie y otra muy distinta romper los lazos con la vida, con lo que nos rodea. Algo que va en contra de cualquier naturaleza.
El señor de las intenciones sabe que las malas son lo que más molesta a Dios, por esto confunde, para que los castigos sean impuestos a su imagen y semejanza. Cómo le gustaría ser Dios. Para atraer el caos hacia aquel que no comulgue con su caprichosa filosofía.
La mentira es una flor calcificada en un país del que se ha retirado el mar.
No creemos en la mentira, pero la mentira cree en nosotros y viene a por nosotros como líquenes inevitables. En este país, en este tiempo cuya pesadumbre se dibuja en lápiz de mercurio, aún hay luz sobre las ramas abatidas y nuestro valor se descubre en las sílabas en las que el Señor de las intenciones y los rostros actúan como gránulos silvestres, como espermas excitadas hasta penetrar en la bujía del sonido.
Todavía, todavía es más hermoso y antiguo: todo esto es para alentar sobre el vinagre hasta volverlo azul, como adelantar un cuchillo y retirarlo húmedo de una exudación que dignifica al esgrimidor.
Y nosotros, viejos de nosotros mismos recibimos a los visitantes, esas hormigas debajo de las llagas. Sentimos la fertilidad que se refugia en la ira de nuestros cabellos mientras escuchamos el deslizamiento de las especies que nos han abandonado.
He cesado en la compasión porque la compasión me entregaba a príncipes cuyas medallas se hundían en el corazón de mis hijas. Yo haré con los príncipes una destilación nociva para ellos pero excitante y dulce en la población, como lo es el zumo reservado en vasijas muy oscuras.




















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