Hay noches en las que uno cree tener perfectamente decidido su destino musical. La del 5 de junio de 2026 parecía una de ellas. En Zaragoza tocaba El Kanka en la Sala Mozart del Auditorio mientras en Barcelona estaban The Cure en el Primavera Sound. Y además, en la capital aragonesa actuaban Niños del Brasil, una institución local que encaja bastante mejor en mi mapa sentimental que cualquier cantautor malagueño especializado en fabricar sonrisas terapéuticas.
Sobre el papel, la elección era sencilla. Tan sencilla como elegir entre una coca-cola fría y una infusión de valeriana en una tarde de festival. Pero… existe una fuerza más poderosa que los gustos musicales, la lógica o el libre albedrío: la insistencia familiar. Mi hermana y mi cuñado (grandes personas con un gusto musical diametralmente opuesto al mío) llevan años ejerciendo a favor de El Kanka una labor evangelizadora digna de las mejores órdenes misioneras. No hay casi reunión familiar en la que no aparezca alguna referencia al artista. De hecho, yo jamás había escuchado las canciones del Kanka en sus discos, únicamente las conocía interpretadas por ellos en las sobremesas dominicales.

Así que acudí a la Sala Mozart convertido en una especie de antropólogo accidental. No iba a ver a un artista que admirara. Ni siquiera a uno que conociera. Iba a comprobar qué demonios había encontrado tanta gente en aquel hombre para convertirlo en objeto de semejante devoción. La respuesta llegó rápido. Y no, no salí convertido en fan acérrimo de El Kanka. Orbitamos lugares muy separados dentro del espacio infinito de la música popular. Él vive en un sistema solar donde las canciones hablan de abrazar la vida, cultivar amistades, perseguir la felicidad y aceptar las pequeñas derrotas cotidianas con una sonrisa. Yo suelo frecuentar galaxias bastante más oscuras y, a ser posible, con algo de niebla. Pero una cosa es no compartir coordenadas y otra no reconocer virtudes. Y El Kanka tiene unas cuantas.

El Kanka posee una envidiable capacidad para conectar con su público. No mediante artificios escénicos ni despliegues tecnológicos ni poses de estrella. Lo consigue con canciones sencillas, sinceras y cercanas que hablan de asuntos universales: querer a los tuyos, sobrevivir a la incertidumbre y exprimir los pocos años que nos han tocado en suerte antes de que alguien apague definitivamente la luz. A su alrededor, además, cuenta con una banda excelente. Músicos de enorme solvencia que funcionan como un engranaje perfectamente ajustado al servicio de las canciones. Nada sobra, nada llama la atención de forma innecesaria y todo contribuye a que el mecanismo avance con naturalidad.
Y esa naturalidad es precisamente una de las claves del fenómeno. Porque El Kanka no es un animal escénico. No posee el magnetismo desafiante de una estrella del rock ni la presencia avasalladora de ciertos frontman capaces de convertir un escenario en tierra quemada. Tampoco parece necesitarlo. Su fuerza reside precisamente en lo contrario: en una cercanía desarmante, una espontaneidad casi doméstica y una ausencia total de artificio. Lo observaba durante el concierto y entendía perfectamente por qué sus seguidores le profesan una fidelidad casi religiosa. No actúa como una estrella. Actúa como uno de los tuyos que, casualmente, ha terminado encima de un escenario. Y eso, para mucha gente, vale más que cualquier espectáculo de fuegos artificiales.

La noche tuvo además un pequeño elemento de vulnerabilidad. El cantante llegó algo castigado de la garganta. Los falsetes aparecían con menos facilidad de la habitual y algunas notas altas se resistían. La reacción fue reveladora. En lugar de ocultarlo o forzar la máquina, pidió al público que cantara por él los falsetes. Y el público respondió. No como quien ayuda a un artista en apuros, sino como quien participa activamente en una celebración colectiva. Los estribillos volaron desde las butacas hasta el escenario con naturalidad admirable. Una solución sencilla para un problema sencillo. Exactamente el tipo de respuesta que parece definir toda la filosofía de El Kanka.
Yo no conocía himnos como Volar, Canela en rama o Qué bello es vivir. Al menos no de verdad. Los conocía únicamente a través de las versiones domésticas de mi hermana y mi cuñado, que seguramente siguen pensando que todavía estoy a tiempo de convertirme en un adepto de la causa. No ocurrió aunque tampoco salí indiferente.
Mientras otros disfrutaban de The Cure en Barcelona y algunos irreductibles celebraban la liturgia de Niños del Brasil en Zaragoza, yo acabé pasando una velada francamente agradable escuchando a un artista que jamás habría elegido por iniciativa propia. Y quizá ahí resida la principal enseñanza de la noche: a veces no hace falta convertirse a una fe para apreciar la belleza de sus rituales.

El Kanka triunfó entre los suyos. Y yo, que llegué como turista accidental a aquella ceremonia, me marché con un buen regusto en el paladar. Y mi familia contenta.

















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