Aunque algunas reseñas se centran en el extrarradio del Madrid de la heroína, la novela compone un retrato de supervivientes que habitan barrios construido para aislar, para esconder a la gente desfavorecida. Una forma de hacer desaparecer a sectores que incomodan y la supervivencia marca los estómagos como reses.
Jorge Matías retrata el ecosistema de un barrio donde las circunvalaciones son la frontera física «y si no se puede tener, se roba», como leitmotiv de una vida; y el pasaporte a otra forma de habitar. Donde todos se conocen, con sus luces y sus sombras, aunque cada uno ocupa su lugar. Aquellas colonias son el éxodo de unas vidas, más que la oportunidad por vivir, en ese desarrollo de infraviviendas del que no se puede salir.
El Lianchi, al igual que otros tantos lugares, refleja esos barrios que languidecen, más que agonizar, pero que nunca mueren. Entre aquellas casas, y en esos hogares, la vida duele. Donde emborracharse no produce vergüenza alguna ni necesita una excusa para ello. Era la única manera de que la vida doliese menos.
Como indican en ahora Quéleo «Su mirada no es condescendiente, tampoco romantiza este lugar ni lo juzga» y describe tanto a los personajes que moran con su deambular de cuerpos que consumieron su alma, así como el olvido sistémico de los pobres por parte del Estado del Bienestar. Aquí, entronca, sobre los que menos tienen o los objetos del paisaje sus historias, sin pena, sin conmiseración, sin lamento. Se sabe que en estos barrios se entra, pero ya nunca se vuelve a salir y se mira cómo «al otro lado de la frontera hay más luz».
Sin una palabra de más, el autor madrileño entrega una nouvelle afilada como navaja de barrio, un retrato de la periferia, de barrios más allá de lo conocido, tabúes en muchos hogares y prohibidos. La forma de abordar la marginalidad, los palos de la droga y los efectos de la colza sin regodearse, acercan al lector desde una perspectiva realista. Concluyendo que «Todo pasa, menos la necesidad». Rápido en la escritura y la lectura uno devora las páginas esperando que le trague la tierra. El destino. La vida. Y acaba recordando que huir no es una opción. Como afirmó Ibrahimović: “Puedes sacar a un niño del gueto, pero nunca sacarás al gueto de él”.


















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