Todo empezó con una loca idea que parecía salida de conversación de sobremesa que acabó en “agárrame el cubata”. Tres amigos de Zuera decidieron crear un festival de música desde cero en un entorno rural, lejos de los grandes circuitos y sin el respaldo de la industria. Contra todo pronóstico, aquella loca idea terminó convirtiéndose en el festival Plaza Sonora. Detrás de esta primera edición hay toneladas de trabajo y una férrea convicción a prueba de misiles. Bastaba cruzar la plaza para percibirlo. Voluntarios, técnicos, colaboradores y organizadores trabajaban con un entusiasmo que dejaba claro que cada detalle respondía a un esfuerzo compartido.
Plaza Sonora no parecía una maquinaria diseñada para gestionar miles asistentes, sino una celebración pensada para disfrutar. Esa misma filosofía alcanzaba también a los artistas. Más allá de los nombres del cartel, se percibían cercanía, respeto y hospitalidad. Son detalles que terminan definiendo la personalidad de un festival. ¿Las instalaciones? Muy adecuadas, la plaza de toros de Zuera acogió esta verbena popular con sabor a indie. Tanto los baños de obra como el tendido de sombra son alicientes que cualquier festival debería tener en cuenta. Además, tanto la entrada al festival recreando una calle de pueblo como las flores situadas a pie del escenario le dieron un acertado toque rural. La verdad es que fue una verbena en toda regla. La música debía estar a la altura de semejante esfuerzo. Y lo estuvo.

Pared con pared
Los primeros en llamarnos poderosamente la atención fueron Pared con Pared. Quizás porque llegaban sin el peso de las expectativas que acompañan a otras bandas más consolidadas o porque sonaron jodidamente bien. ¿Sabes eso que ocurre en los festivales que muchas veces los grupos suenan regular? Pues en Plaza sonora todos los grupos sonaron potentes y cristalinos. Supongo que la acústica de una plaza de toros tuvo algo que ver. Pared con Pared actuaron bajo un sol de justicia, por suerte no pasamos de los 30 grados, y obligaron al típico espectador distraído charlando con los colegas a prestarles atención. Fueron una de las grandes sorpresas de la jornada y dejaron la impresión de que todavía tienen mucho camino por recorrer y bastantes cosas que decir. Estaremos atentos.

Pared con pared
Después apareció La Habitación Roja, también bajo un sol justiciero, una de esas bandas que forman parte del paisaje sentimental de varias generaciones de aficionados al indie español. Lo suyo ya no consiste en reivindicarse, sino en confirmar una trayectoria. Y eso fue exactamente lo que hicieron. Canción tras canción demostraron por qué siguen ocupando un lugar privilegiado en la memoria colectiva de tantos oyentes. Mientras otros grupos persiguen la permanencia, ellos hace tiempo que la alcanzaron. Sonaron potentes y rabiosos aunque por momentos temimos por su salud bajo el sol.

La habitación roja
El gran triunfo de la noche, en mi humilde opinión, tuvo nombre propio: Morgan. Desde los primeros compases cuando el sol ya se ocultaba quedó claro que el público estaba ante uno de esos conciertos que terminan recordándose durante años. La extraordinaria voz de Nina, ese Paco López a las 6 cuerdas, la elegancia del resto de la banda y una capacidad poco común para emocionar fueron conquistando la plaza de manera irreversible. Hubo momentos en los que parecía que todo se detenía alrededor del escenario. Morgan no solo ofreció un concierto memorable; protagonizó uno de esos momentos que justifican la existencia misma de los festivales.

Morgan
Y cuando parecía difícil mantener el nivel emocional, llegó Puño Dragón para aportar algo distinto: energía y mucho descaro. Su actuación transmitió la sensación de estar contemplando una banda en pleno crecimiento, consciente de sus posibilidades y limitaciones pero dispuesta a aprovecharlas todas. Hay grupos que dejan un buen recuerdo; otros dejan expectativas. Puño Dragón pertenece claramente a los segundos. Son todavía un diamante en bruto y viéndolos sobre el escenario resultaba inevitable pensar que pueden darnos muchas alegrías en los próximos años.

Puño dragón
La noche encontró su último impulso gracias a Alex Curreya, encargado de convertir el final del festival en una celebración colectiva. Su adrenalítica sesión fue un recorrido festivo por distintas épocas y estilos. A base de himnos reconocibles, sorpresas bien escogidas y ritmos irresistibles consiguió mantener viva la energía de una jornada que parecía negarse a terminar.

Alex Curreya
Ese mismo fin de semana la atención mediática estaba monopolizada por gigantes de nuestro tiempo: macro festivales como el Primavera Sound o las giras mastodónticas de estrellas globales como Bad Bunny (o incluso León XIV). No hay nada necesariamente malo en ello aunque a veces da la impresión de que cuanto más crecen algunos eventos, menos espacio queda para la música, acabando convertida en una pieza más de un enorme escaparate de consumo cultural y experiencias diseñadas para ser fotografiadas antes que vividas.

La habitación roja
Por eso festivales como Plaza Sonora resultan tan valiosos: lo forman personas compartiendo una experiencia construida con trabajo y entusiasmo. Quizás dentro de unos años Plaza Sonora sea mucho más grande. O quizá conserve siempre este tamaño tan amigable. Pero eso será lo de menos. Lo importante es que, durante una noche, tres amigos demostraron que los sueños también pueden amplificarse y compartirse.

Pared con pared

Morgan



puño dragón
















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