La sangre es roja, es cierto. Muchos aluden a ese color para demostrar su inclinación ideológica de manera inamovible. Pero cuando el poeta se refiere a la sangre azul, no quiere decir que esa sangre roja que corre por sus venas, sea azul. Esto es otra polaridad más para la no convivencia de los colores.
La sangre azul existe, también. Es el color de la sangre del alma. La notáis cuando esa agua temblorosa en el pecho. Esa es la precisa sensación de la hemorragia. Por lo tanto, tenemos dos sangres, mal que nos pese. La letra con sangre entra nos decían en el cole. Y después van los libros, lo escrito.
Y con lo escrito llegaron las leyes, los desahucios, el fax, las gramáticas y las lindes y el odio y la sangre. Con lo dicho sucede el milagro y solo entonces, quizá, comprendemos que las lenguas son casas abiertas. Solo así. Solo entonces. Y aun así no se sabe.
La poesía es un jet de sangre, no hay manera de pararla. Lleva su desprecio a los opresores. Habla contra esa opresión inconsciente, contra la tiranía de los que no tienen imaginación, contra las ataduras. Ayuda al burgués a morir de tedio, a esas mujeres de esos barrios residenciales, a aquellos cuyo fracaso está oculto. A los emparejados sin fortuna.
La sangre azul va como una plaga contra el aburrimiento del mundo, con su filo. Trae confianza a las algas y a los tentáculos del alma. Va de manera amistosa, con palabras sinceras a los que han perdido el interés. Hacia esos adolescentes a quienes la familia asfixia.
Así pues, con la sangre hasta la cintura, con la sangre hasta el borde de la boca, vamos avanzando lentamente. Avanzando sobre este viejo suelo, sobre la tierra hundida en sangre. Así vamos hundiendo los brazos en sangre. Algunas veces tragando sangre en un barco desmantelado que hace sangre, vamos.
Porque es que no hay más que sangre y una horrorosa sed dando gritos en medio de la sangre.
Traigo una rosa azul en sangre entre las manos ensangrentadas.





















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