Un concierto de Los estanques es de de todo menos tranquilo, nada de agua retenida en un entorno tranquilo. Sus shows son un torrente de emociones y música sin etiquetas. Los estanques siguen su propio camino mientras predican en el desierto. Y eso les honra. Y mucho.

Puede que no sean nunca número uno en Spotify, ni falta que les hace, pero son campeones en originalidad y maestría con sus instrumentos. Iñigo Bregel (voz, teclado y guitarra), Germán Herrero (guitarra), Daniel Pozo (bajo) y Andrea Conti (batería) demostraron sobre el escenario no sólo su virtuosismo sin esa singular capacidad de pasárselo bien mientras haces gozar de lo lindo al respetable.

El repertorio se basó en su discografía, obviando sus destacadas colaboraciones con Annie B Sweet y El canijo de Jerez. Sonaron temas como La aguja, Mr Clack, No hay vuelta atrás y ese tema que es lo más parecido a un hit que es Soy español, pero tengo un kebab. Guiados por los alucinantes teclados de Iñigo (quien también se enfundó una guitarra en un par de temas), el grupo surfeó por la psicodelia y el rock sin olvidarse del pop de las armonías más complejas del panorama actual español.
El grupo se muestra cómodo, derrochando buen rollo y cercanía. En directo, su repertorio gana cuerpo y textura. Temas que en estudio ya brillan aquí se expanden, se ensucian y se vuelven más humanos. Hay margen para el error, para la sorpresa, para ese pequeño desvío que convierte un concierto en algo irrepetible. Los Estanques no son un grupo para el consumo rápido ni para playlists de usar y tirar. Son una bandaza que se disfruta en una sala como la sudorosa Rock & Blues a pesar de esta en enero.





















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