En una fresca noche veraniega, Andrés Calamaro, referente generacional para tanta y tanta gente se presenta en esta nueva edición del Tío Pepe Festival. Pasadas las diez de la noche y  el público  murmura impaciente en sus asientos de la Bodega Las Copas, un recinto estupendamente adecuado para disfrutar de las actuaciones que cada verano desde hace ya unos cuantos se dan cita en las bodegas de Gonzalez Byass. Con un aspecto físico que me recordaba muchísimo a Lou Reed, Calamaro abre fuego con «Output input» y su guiño purpeliano, lo que siempre es un aliciente para este que escribe, para que nos vamos a engañar. Escoltado por una banda que funciona como un reloj suizo, el rockero argentino tira de historia para poner sobre la mesa un puñado de canciones que ya forman parte del imaginario musical de este país y que se han convertido en compañía de muchos de los que se daban cita esta noche de julio.

A pesar del afortunado fresco que decide envolver la noche jerezana, el ambiente se va calentando a cada segundo. Desde el escenario suenan «Cuando no estás», «A los ojos» o «Me arde» que se impregnan en los huesos como la humedad tan propia del Sur del Sur. El momento culminante de la noche llega cuando Calamaro y su banda se convierten en una musculosa locomotora funk para dejar en la memoria colectiva de aquellos que nos dimos cita esta noche, un vibrante «Loco» que hace que sea imposible que los músculos de tu cuerpo no cobren vida propia y se muevan rítmicamente al son de la canción. Pero toda subida suele implicar una bajada y quizás la sobredosis de adrenalina que produce «Loco» hace que  «My Mafia» entre en curva descendente, dejando a la intemperie algunas costuras de la garganta de Calamaro.

Halagos a Jerez, a sus barrios flamencos, a sus grandes maestros y a espíritu del Sur del Sur tan propio como tantas veces incomprendidos que los asistentes aplauden como si no hubiese un mañana coinciden con la entrada en escena de Niño Josele para desplegar la magia que atesora su guitarra y su toque, adaptando de manera tan natural que roza la perfección el sonido de las canciones de Calamaro, provocando un estallido de euforia general que vuelve a levantar el concierto, abrazando como bien dice Calamaro ambas orillas, el negro del sur con el blanco del otro lado del Atlántico, un encuentro de culturas tan necesario por mucho que haya quien invoque viejos demonios al respecto. La entrega incondicional de un público que recita todas y cada una de las letras hace que Andrés Calamaro, que había comenzado el concierto con perceptible frialdad y  cierto modo altivo, se  impregne del ambiente  dejando fluir una cercanía y comodidad que engrandece mucho más al concierto y a lo que canciones como «Alta suciedad», «El salmón»  o «All you need is pop» ayudan en demasía para esa sensación de comunión,  liturgia,  imposición de manos en la catedral de las canciones aprendidas. No estamos en el Estadio Azteca y evidentemente, Calamaro no es Maradona, pero el Tío Pepe, ruge, grita, canta y baila como si estuviésemos a punto de tocar la Copa del Mundo con las yemas de los dedos.

Llegado el último tramo de concierto, Calamaro invoca a las últimas filas a convertirse en las primeras y se desata la locura. El público lo lleva en volandas y en justa recompensa, esta es llevada también por sus canciones. «Sin documentos», inmortal, santo y seña de una de las mejores bandas de pop rock que ha pisado este país – y que no es la única de Los Rodriguez que suena en el setlist -, «Flaca» y «Paloma» ponen final momentáneamente a una noche donde todo lo que ocurre fuera se olvida durante el preciso instante en el que la música suena. Vuelta al coso para el bis de rigor con «Crímenes perfectos» y «Los chicos». Es justo y necesario mencionar a la banda que le acompaña, auténtico sustento de fuerza y calidez para unas canciones hechas para perdurar. La noche termina y la luna satisfecha mira directamente a un escenario que se queda vacío. Solo me queda levantar mi copa y brindar. ¡Salud, Calamaro!.

Fotografías de Adrián Fatou, cortesía de Tío Pepe Festival.

by: Carlos tizon

by: Carlos tizon

Licenciado en el arte de apoyar el codo en la barra de bar. Comencé la carrera de la vida y me perdí por el camino, dándome de bruces con el rock and roll. Como no pude ser una rock star, ahora desnudo mi alma cual decadente stripper de medio pelo en mi blog, Motel Bourbon.

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